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Puente 12 III -día 9- “El Terrorismo de Estado comenzó el 6 de noviembre de 1974”

Escrito por el junio 29, 2023


Silvia Nieves Negro fue secuestrada junto con su esposo Roberto Omar Leonardo y otras tres personas, el 15 de noviembre de 1974. Por el testimonio de Dalmiro Suárez, secuestrado un día antes, se sabe que Leonardo estuvo y fue torturado en Puente 12. También fue visto en ese centro de exterminio Carlos Tachella, secuestrado junto con Leonardo, militante del PRT-ERP. Narró el nacimiento de su hijo en pésimas condiciones.

Redacción: Carlos Rodríguez
Edición: Fernando Tebele
Foto: Captura Transmisión de La Retaguardia

Silvia Negro, al declarar en el Juicio oral Puente 12 III, sostuvo que el grupo de tareas que los secuestró era comandado por el general Ramón Camps, jefe de la Policía Bonaerense tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.  

Médica de profesión, Negro es una sobreviviente, ya que estuvo privada de su libertad en el Pozo de Banfield, cuando estaba embarazada de tres meses. A los 23 años, tuvo a su hijo mientras seguía presa en la cárcel de Olmos, “en un parto distócico” que dejó secuelas graves en su salud que siguen presentes hoy, 50 años después.   

El secuestro 

La testigo fue secuestrada junto con su pareja en la casa de la familia Manachian, en la localidad bonaerense de Lanús. Era una “charla política” de la que participaban ella y su pareja, el matrimonio dueño de casa y un compañero llamado Carlos Tachella. Ella llegó primero y luego lo hizo su esposo. A los pocos minutos llegó un grupo “muy grande” de hombres armados con Itakas y vestidos de civil, que dijeron ser miembros de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). El jefe era un hombre mayor, de unos 50 años, algo obeso, pelado. Las dos mujeres, ella y Nélida Ramos de Manachian, fueron maniatadas en las sillas donde estaban sentadas. A los hombres (Leonardo, Tachella y Alfredo Manachian) los amordazaron y se los llevaron. El que daba las órdenes dijo que no secuestraran a las mujeres, a las que también les pusieron vendas en los ojos. Al rato llegó otro grupo armado provisto de una máquina de escribir. A ellas dos les tomaron los datos y luego las subieron a un camión celular. Las llevaron a la Comisaría Primera de Lanús. Cuando se le corrió la venda, pudo ver un cuadro con la imagen del general San Martín.  Fue interrogada por un jefe policial y luego pidió que le tomaran  declaración, porque quería dejar sentado el secuestro de los tres hombres que estaban en la casa de Lanús. En ese momento, la testiga estaba en el tercer mes de embarazo. 

A las cinco de la tarde del día siguiente a la detención, le dijeron que “por razones de seguridad” las iban a llevar a otro lugar. De allí las trasladaron al Pozo de Banfield, donde estuvieron “veinte días o más”. En los días previos a la Navidad de ese año las trasladaron a la cárcel de Olmos. 

La fiscal auxiliar Viviana Sánchez le pidió que relatara lo que supo sobre lo ocurrido con su esposo. Leonardo era estudiante de medicina —igual que ella—, trabajaba en el Hospital de Ezeiza, había sido militante de Montoneros y en el momento de su secuestro formaba parte del PRT-ERP. 

El 30 de octubre de 1974, el padre de Leonardo le había advertido que lo habían ido a buscar al Hospital de Ezeiza, motivo por el cuál había dejado de ir a su lugar de trabajo desde fines de octubre. Ante una pregunta, Silvia dijo que ella sólo era “simpatizante” de la organización en la que militaba su esposo y que se dedicaba a realizar “tareas de propaganda”. 

Con el tiempo, la testiga se dio cuenta de que el secuestro de su esposo estuvo relacionado con los que sufrieron el 14 de noviembre de 1974 Dalmiro Suárez, Nelfa Suárez y su marido Víctor Taboada, un día antes de lo ocurrido en Lanús. Negro se encontró con ellos tres en el Pozo de Banfield. Años más tarde, cuando declaró ante la CONADEP, se enteró de que su esposo y los otros dos hombres secuestrados forman parte “de las 1.000 desapariciones ocurridas durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón”.

En charlas posteriores con Dalmiro Suárez, se enteró que a él lo habían secuestrado en Bernal, luego lo llevaron a la Brigada de Quilmes, de allí a Puente 12 y más tarde al Pozo de Banfield. “El me comentó que en Puente 12 lo torturaron y al lado de él había una persona que se estaba quejando, que le dijo que se llamaba Carlos Tachella y que le dolía mucho una costilla”, 

Como médica, estimó que Tachella murió porque la costilla le perforó el pulmón. Esa persona no llegó a Pozo de Banfield. Tampoco llegaron al lugar ni su esposo, ni Tachella, ni Alfredo Manachian.

Su conclusión es que “los tres fueron torturados ahí”, en Puente 12, luego fallecieron, y por eso no llegaron al Pozo de Banfield. En este punto insistió en la importancia del testimonio de Dalmiro Suárez. 

También supo que los dos operativos se produjeron por la infiltración en el PRT-ERP de Jesús “El Oso” Ranier. 

Negro comentó que Taboada estaba en el Pozo de Banfield en muy malas condiciones y que lo sacaron antes del 19 de abril de 1975. Ese día salió publicada la noticia en el diario Clarín de que a Taboada lo habían matado en un presunto enfrentamiento. 

En ese mismo momento, ella y Nélida Ramos fueron “legalizadas” y en la nota de Clarín se dijo que habían sido detenidas “en una casa llena de armas”, algo que ella desconoce porque “nunca supe que la casa (de Lanús) estuviera llena de armas” como dijo la versión oficial. La fiscal le aclaró que ya está incorporada en esta causa su declaración en el juicio Brigadas, donde habló sobre los padecimientos sufridos en el Pozo de Banfield. Allí estuvo más de veinte días, con un embarazo de tres meses. 

Por la información reunida en todos estos años, la testiga afirmó que “el Terrorismo de Estado comenzó el 6 de noviembre de 1974, cuando decretan el Estado de Sitio e Isabel Martínez de Perón deja la represión en manos del Ejército y nosotros caemos unos días después, el 14 y el 15” de noviembre de ese año. Lo que ocurrió después del golpe del 24 de marzo de 1976 “ya estaba todo armado”. 

Ante una pregunta, dijo que la persona que dirigía el operativo en la casa de Lanús cuando fue secuestrada con su marido era el general Ramón Camps, a quien reconoció muchos años después, cuando vio su rostro en la televisión. 

Dijo que, a pesar del miedo, en el año 1978 retomó sus estudios de Medicina en la UBA y se recibió después de la Guerra por las Malvinas. 

Parto al borde de la tragedia 

Ante una pregunta de la fiscala, precisó que al momento de su detención estaba en su tercer mes de embarazo. En la misma situación estaban Nelfa Suárez y Delfina Morales. Silvia y Nelfa estuvieron en el Pozo de Banfield, y se encontraron con Delfina en la cárcel de Olmos. 

En esa cárcel, la testiga comenzó a tener dolores pre-parto en la madrugada del 26 de mayo de 1975. “Yo me descompongo, demoran, demoran, y al final me llevan a tener a mi hijo, a último momento, al Policlínico San Martín de La Plata”. 

Se describió a sí misma como una mujer “muy pequeña y aunque mi hijo tenía un peso standard, igual para mí era mucho”. Cuando ingresó al policlínico, “los médicos no sabían qué hacer porque ya venía el parto, que fue una tragedia porque mi hijo nace vivo, pero todo coronado, edematizado. Yo tengo hemorragias, convulsiones, me transfunden, me anestesian, me ponen la peridural, me suturan todo”. Las complicaciones fueron consecuencia lógica de un trabajo de parto complejo por el traslado tardío al centro de atención y, sobre todo, por las medidas antropométricas de la parturienta. 

“Tengo secuelas desde entonces por ese parto totalmente distócico por la desproporción perímetro cefálica. Pienso hoy que tendría que haber sido una cesárea”. Todas las complicaciones la llevaron a “un shock séptico ese mismo día; mi hijo nació a las 10:20 de la mañana y hasta la noche no me llevaron con él” por su crítico estado de salud. Por si fuera poco, “todo el tiempo estuve esposada en la sala de parto”. Le pidió a los jueces y a los que escuchaban su relato virtual que imaginaran “a los médicos de un hospital, en 1975, que tienen a una embarazada complicada, que está engrillada y que encima el personal civil femenino quería estar adentro; todo fue caótico y con los años me enteré de que gente de mi misma profesión, que estuvo ahí, contó mi historia”. 

Recién a la noche, siempre esposada, la llevaron con su hijo, a quien lo pudo amamantar “a partir de las 12 de la noche”. A la mañana siguiente, en un traslado demencial e intempestivo, la llevaron al penal y la dejaron “en la puerta, del lado de adentro”. Allí se agravó su situación porque estaba “infectada, enferma, y las presas hicieron una huelga para reclamar por mí, teniendo en cuenta que todavía estábamos en una democracia”. Una democracia pisoteada por un gobierno cuyo mentor era José López Rega, uno de los jefes de esa maquinaria asesina que fue la Triple A. 

Ante la gravedad de la situación, sus familiares hicieron una presentación “para que los jueces garantizaran mi salud”. Muchos años después, Silvia se enteró de que la noche anterior al parto se produjo la fuga de presas de la cárcel cordobesa del Buen Pastor. “Tal vez pensaron que yo me iba a fugar cuando estaba viviendo esa situación” desesperante, señaló con cierta ironía y aclaró: “Es una interpretación mía”. Luego de lo ocurrido, los partos de las detenidas en Olmos se realizaron dentro del penal, en un sector acondicionado “para que se hicieran ahí”. 

El presidente del Tribunal Oral 6, Daniel Obligado, le preguntó sobre las secuelas que le dejó su paso por el Pozo de Banfield, por Olmos y sobre todo, por ese parto tan traumático. “Desde los 27 años tengo incontinencia urinaria, porque el parto distócico comprometió los órganos genitales femeninos, incluida la vía urinaria”. Con posterioridad, “a pesar de toda la situación de estrés vivida, tuve la valentía de seguir estudiando, a pesar de que era muy difícil” en los años 1978 y 1979, con la dictadura cívico-militar usurpando el poder. Vivía a pocas cuadras de la Facultad de Medicina y del Hospital de Clínicas, pero todas las veces “iba y venía corriendo y me encerraba” en el departamento que alquilaba, por el temor a volver a ser secuestrada.  

Terminó su carrera en el Instituto de Investigaciones Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), junto con un grupo reducido de 30 estudiantes que tenían los mejores promedios. 

Para poder reiniciar sus estudios, interrumpidos por su secuestro, presentó su Libreta Universitaria, con casi 9 de promedio, y esperó la aprobación de parte de la autoridad, representada entonces por “un militar que nunca aparecía” y un cuerpo académico integrado por tres profesores. Uno de ellos, de apellido Martínez, tenía a sus hijos exiliados, mientras que otro tenía a su hijo y su nuera desaparecidos. Al dar sus datos personales, dijo que su esposo había fallecido en un accidente de tránsito, versión que mantuvo hasta el regreso de la democracia. Para poder ingresar, le pidieron que rindiera una materia que ella ya había aprobado “algo que es ilegal desde los tiempos de Yrigoyen”. Le hacen rendir “anatomía patológica”, que figura aprobada dos veces en su Libreta Universitaria. Desde 1979 hasta 1981 tuvo sus prácticas en el Clínicas, y cuando estaba por recibirse, le diagnosticaron una enfermedad que se llama “colitis ulcerosa”. Tenía que rendir la última materia, pero la tuvo que postergar, y cuando estaba en condiciones, en abril de 1982, la Guerra por las Malvinas hizo que la UBA cerrara sus puertas. El 14 de junio fue la rendición de las tropas argentinas y pudo rendir en la última mesa del mes de julio. Allí se recibió de médica y le dieron la matrícula “casi con la llegada de la democracia”. Ella quería recibirse para irse al exilio porque pensaba que, con sus antecedentes, no la iban a dejar trabajar. “Por suerte todo cambió y me pude quedar”. 

Ante una pregunta del querellante Pablo Llonto, la testiga confirmó que su esposo está registrado en una lista de desaparecidos de nacionalidad italiana. Eso pasó porque la mamá de Roberto era italiana, llegó a la Argentina cuando tenía 10, pero nunca se nacionalizó. Su hijo pudo ser anotado con el apellido paterno, luego de realizar una prueba de ADN con su abuela paterna y un tío. Ella lo había anotado con su apellido, como Norberto Omar Leonardo Negro. Hoy su nombre es Norberto Leonardo Leonardo. Su hijo vivió con ella 16 meses en la cárcel de Olmos y pudo entregárselo a su familia, cuando a ella la trasladaron a la cárcel de Devoto. “Para lograr que se le entreguen a mi familia tuve que gritar, porque una persona nos había dicho que se estaban robando a los niños” de las personas asesinadas o desaparecidas. 

Sobre el final, dijo que nada se sabe sobre dónde está el cuerpo de su esposo, aunque por información que maneja del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) se sospecha que podría encontrarse en el osario del cementerio de Avellaneda. 

Con el dato concreto de que Tachella y Taboada estuvieron en Puente 12, ella cree que también fue secuestrado allí su esposo. Insistió, en ese sentido, en que es central la declaración que va a prestar en este juicio Dalmiro Suárez.

En el cierre, expresó un deseo: “Ojalá que se pueda saber el destino de nuestros compañeros”. Detrás suyo, pegado en la pared de su casa, un cartel escrito a mano decía: “30.000 desaparecidos presentes”. 


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