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Campo de Mayo

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Declaran Ricardo Alberto Espinoza, Arsenio Ricardo Fernández, Fernando Omar Gutiérrez y Claudia Cecilia Forestano.

Declaran los exconscriptos Eduardo Cagnolo Ángel Alejandro Aguirre, Luis Alberto Magen y Hugo Daniel Maestre.

La sobreviviente uruguaya relató en su declaración los delitos sexuales que fueron cotidianos en El Campito. Con crudeza, dolor y entereza, Fernández declaró desde Uruguay, país en el que nació y al que regresó después de Campo de Mayo pero aún bajo sometimiento. También reconoció al imputado Villanova después de ver una foto de Gustavo Molfino publicada por Página 12. (Por La Retaguardia) ✍️ Redacción: Diego Adur 💻 Edición: Fernando Tebele ✍️ Textuales: Mónica Mexicano / Noelía Laudisi de Sa / Agustina Sandoval Lerner 📺  Cobertura del juicio: Fernando Tebele / Diego Adur 📷 Foto de portada: Transmisión de La Retaguardia Griselda Fernández vive en Uruguay. Allí debió regresar después de haber estado detenida-desaparecida durante el Terrorismo de Estado en la Argentina. Tiene pelo corto, lleva gafas rojas y un abrigo de lana turquesa. Está tranquila y decidida. La experiencia de otras declaraciones anteriores —demasiadas, dirá después Griselda— ya la han preparado para lo que vendrá. Luego de los primeros formalismos y del juramento de decir verdad que le toma el presidente del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1 de San Martín, Daniel Omar Gutiérrez, es la representante del Ministerio Público Fiscal, Gabriela Sosti, quien inicia las consultas. De movida se nota que será una jornada dura. Le avisa a Griselda que no va a pedirle que vuelva a contar todos los detalles de su secuestro, sino que quiere centrarse específicamente en lo que fueron las agresiones sexuales que sufrió durante su cautiverio ilegal en El Campito, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más tenebrosos del país. Otro de los puntos que le importará a la fiscal Sosti es la participación de los gendarmes en esos delitos y la responsabilidad que tenían en la custodia de los y las prisioneras del centro clandestino.   Fernández fue secuestrada el 24 de noviembre de 1976 en la casa donde vivía con su esposo, su madre y sus hijos, en el partido bonaerense de Tres de Febrero. Después de sufrir un simulacro de fusilamiento en una zanja, la llevaron a Campo de Mayo: “En ese momento me llevan a El Campito y ahí primero estuve en una barraca más chica, que es donde estaban las carpitas, y luego paso a una de las barracas. Mientras tanto se da, obviamente, el tema de la tortura psicológica, la tortura física, el abuso sexual”, asevera. Durante su cautiverio, Griselda pudo identificar a varios de los represores que cumplían funciones en Campo de Mayo y por eso es tan importante su testimonio en este juicio. Uno de ellos, Néstor León López, alias “El Alemán”, la mantuvo en cautiverio, obligándola a sostener una relación bajo terror que se extendió hasta 1982, incluso en Uruguay… López era el “responsable” de las personas del PRT-ERP que estaban secuestradas en Campo de Mayo. Al poco tiempo de su secuestro, se produjo la primera situación de abuso sexual: “Una noche se mete alguien adentro de mi carpa con la intención de violarme. Entonces, se mete adentro de mi carpa, yo ahí reacciono y me empieza a manosear, pero mi reacción fue de rechazo y de grito. Yo en ese momento empecé a los gritos, a las patadas, a armar un ruido importante hasta que esa persona no puede consumar la violación y se va. Yo sé que muchas de las compañeras que pasaron por allí no tuvieron esa suerte. Tuve la posibilidad que de alguna manera el tipo, el violador, se asustó y se fue. Era una persona a la que yo no puedo identificar con nombre pero era una persona baja, tenía mi altura, flaco, morocho, pelo negro; y se fue. Obviamente que ahí hubo complicidad de la guardia porque nosotros siempre teníamos guardias de gendarmes”, relata. Este último dato es el que despierta el interés de las próximas preguntas de la fiscal, que intenta desentramar la participación y responsabilidad de algunos gendarmes en las torturas a las personas secuestradas. Griselda dice que “no era un gendarme de la guardia de la barraca donde yo estaba. Obviamente que los gendarmes eran los que mantenían la seguridad limítrofe, la guardia en ese sentido. Pero no era del lugar donde yo estaba, del galpón donde yo estaba”. Quienes sí custodiaban la barraca donde estaba Griselda, “le permitieron entrar, obviamente” y después de la huida del violador “nadie se acercó a preguntar nada y a decir absolutamente nada”.  “El momento ideal” Griselda cuenta que la ocasión elegida por los abusadores para cometer los delitos sexuales era cuando las prisioneras estaban recién llegadas al centro clandestino, y de noche: “Se decía que muchas veces las violaciones se realizaban cuando las mujeres recién llegaban a El Campito. Era el momento en el que, generalmente, había menos gente, porque llegaban de noche, y era donde se producían muchas veces las violaciones. No significa que no se produjeran durante el día y eso es lo que se decía. Hubo, en una oportunidad, un jefe de gendarmes que le decían ‘El Alpinista’. No sé con qué sentido, llamó una por una a las mujeres que estábamos ahí en la carpa, y no sé si llamó a las de las barracas, para preguntar si habían sido violadas porque estaban haciendo una investigación. Realmente me pareció absurdo por el hecho de que eso era como moneda corriente”, se lamenta. No se trataba solo de convivir con el terror a ser abusada, sino que esa situación era común a todas las mujeres cautivas en ese lugar: “Había un gendarme al que le decían ‘Napoleón’, que pude verlo porque pude levantarme la capucha. Él siempre venía. Una de las chicas, que no sé el nombre, estaba detenida por montonera. Cada vez que ella volvía decía que la tenían parada, la desnudaban y la violaban reiteradamente. Eso fue lo que yo vi, ahora, lo que se decía de él es que era una persona totalmente desagradable, obviamente no tenía moral. A ese hombre no le importaba ni guardar las apariencias”, escupe Griselda y demuestra el asco en el

Declaró el exgendarme Ramón Alberto Correa, quien aportó datos sobre el funcionamiento del Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio en los terrenos que el Ejército Argentino aún ocupa. Vio a diario el ingreso de personas secuestradas y escuchó que pedían auxilio. “A mí me destruyó la vida”, dijo sobre las guardias que realizó.  (Por La Retaguardia) ✍️ Redacción: Paulo Giacobbe ✍️ Textuales: Valentina Maccarone 💻 Edición: Fernando Tebele 📷 Foto de portada: Captura de pantalla de la transmisión de La Retaguardia El abogado querellante Pablo Llonto le había adelantado al exgendarme Ramón Alberto Correa que solo le haría dos preguntas más. Hasta ese momento la declaración había zigzagueado por el perímetro de lo predecible. El testigo, que realizó guardias en Campo de Mayo, había visto situaciones relacionadas a la desaparición forzada de personas y, en algunos tramos, necesitó refrescadas de memoria con la lectura de su declaración anterior realizada durante la Instrucción de la megacausa. Pero entonces, Llonto le preguntó cómo había afectado su vida realizar las guardias en esa dependencia del Ejército. La respuesta de Correa fue de seis minutos, con llantos guardados durante años. Después de escucharlo, Llonto le agradeció y no realizó más preguntas.  Lugar de Residencia Desconocida   Ramón Correa comenzó su testimonial con la ayuda técnica de su hijo. Unos auriculares hacían difícil la comunicación. Subsanado el problema, contó que estuvo “desde el 76 hasta principios del 79”, realizando guardias en Campo de Mayo, a veces de más de 24 horas. “Las tareas designadas eran prestar servicios de un objetivo que había en el lugar y luego nos enteramos de que era un Lugar de Residencia Desconocida”. La definición recuerda al término “Lugar de Reunión de Detenidos”, usado por los represores para nombrar a los centros clandestinos de detención tortura y extermino. Por eso aclaró: “Se llevaban personas en calidad de detenidos”.   “Nosotros a ese sector no teníamos ingreso, hacíamos la guardia, que no salga nada de ahí. Nosotros éramos tan controlados como ellos, no nos tenían permitido tener conversaciones con ninguna de esas personas que ingresaban. Las llevaban a un galpón y ahí los tenían con capuchas y después ellos se encargaban de llevarlos a un lugar para hacerles preguntas, interrogarlos y todas esas cosas”, detalló Correa. También escuchó gritos y  “pedidos de auxilio”.    Ingreso de autos El ex gendarme vio entrar autos con personas detenidas. A pedido de la fiscal Gabriela Sosti detalló: “cuando uno estaba de guardia paraban los autos a 100 metros y se veían que eran personas que bajaban. Nunca les vimos el rostro pero vimos que eran personas la gente que bajaban de esos vehículos”.  Los autos no estaban identificados, eran particulares, Ford Falcón en su mayoría. Los gendarmes no podían preguntar nada sobre ese tema. “Era muy comprometedor para nosotros”. —¿Qué consecuencias tenía preguntar? –quiso saber Sosti.  —Y… vaya a saber… la única función nuestra era hacer guardia en el perímetro ese, nada más. Que no salga nada, que no entre nada. Entraban ellos. Había gente que gritaba, y entraban ellos y preguntaban qué pasaba. Ahí vienen dos, tres autos. Pero nada más que eso. La Inteligencia Correa dijo que la “gente de inteligencia” autorizaba los ingresos y egresos de autos.  “Las ordenes las daban ellos. Quien entraba, quien no entraba, lo daba el servicio de inteligencia”. La autorización ocurría en el mismo momento que debían levantar la barrera.  —¿Cómo supo que estas personas eran de inteligencia? —preguntó la fiscal. —Porque realmente era la oficina de ellos, ¿me entiende? Todo el mundo decía: “ahí están los de inteligencia”, y nosotros al ser nuevos, como le puedo decir… sabíamos que era gente de inteligencia pero nunca hemos llegado a conocer nombres ni apellidos. —¿Recuerdan cómo iban vestidas estas personas? —Siempre de civil. El testigo aseguró que a las y los secuestrados las identificaban con números. “Sabíamos que los identificaban así”. “Cuando ellos buscaban a la gente en los pabellones se gritaban entre ellos “vamos a sacar al 1, al 3”. Así, enumeraban a la gente ellos mismos decían que la gente tenía número. Nadie sabía su apellido ni nada. Era el diálogo de ellos. Uno escuchaba lo que ellos hablaban, no es que uno tenía el número de la persona, ni teníamos contacto para nada”. Desde su puesto de guardia, el testigo escuchaba todas esas cosas “porque todo se manejaban por gritos”. Ángel o Angelito Correa recordó varios apellidos y el apodo de “Ángel o Angelito” le resultó familiar: “estaba siempre dentro del perímetro de inteligencia”. Escuchaba que lo llamaban a los gritos. “Era un muchacho alto, medio rubio, de barba”. Nunca lo vio uniformado. Después de leída su declaración del año 2014 recordó que ese sujeto los había amenazado con desaparecerlos si hablaban de lo que veían y que su apellido era Caballero.     “Gordo Uno” era otro apodo familiar. “Ese es pesado, es malo”. Gordo, de bigotes y posiblemente con peluca para simular pelo largo, robusto. Integraba la patota que ingresaba con los detenidos en los autos”. Gordo Uno es Carlos Francisco Villanova. Es uno de los imputados de este juicio y varias personaa que sobrevivieron después de ver las fotos que Gustavo Molfino le sacó cuando lo detuvieron y que en es momento fueron publicadas por Página 12. “Otro apodo era ‘El alemán’, agregó Correa.  El ex gendarme Orlando Maza declaró anteriormente bajo juramento que no tenían apodos pero Correa lo desmintió hasta el punto de reconocer su propio apodo: “El cuervo”. Y eso era para no identificar apellidos: “nos distinguían así, era la norma del servicio”.   Trauma Pablo Llonto movió el brazo para que Correa lo viera en su pantalla, en un gesto que ya lo caracteriza. Se presentó: “Soy abogado de familiares de desaparecidos de y víctimas de esta causa. En primer lugar le queremos agradecer este testimonio y la democracia le tiene que agradecer este testimonio que está dando”. Correa, que ya había dicho que era muy joven cuando realizaba las guardias recordó que ese destino fue después de ocho meses de

Declaran Edgardo Benjamín Carloni, Ricardo Alberto Espinoza, Cristina Alicia Delbao, Cristina Manuel Olivera y Hernán Walter Barrientos.

Declaran la sobreviviente Griselda Fernández y los gendarmes Carlos Cesar Goméz y Ramón Alberto Correa.

En una larga jornada, declaró un grupo de gendarmes que cumplieron funciones de guardia en el regimiento durante la última dictadura cívico militar eclesiástica. Describieron al Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio El Campito. Ubicaron al represor Roberto Julio Fusco, alias Pajarito, en el lugar. Pablo Llonto, abogado querellante, dio su opinión sobre estos testimonios en otra jornada intensa en la megacausa.  (Por La Retaguardia) ✍️ Redacción: Paulo Giacobbe ✍️ Textuales: Valentina Maccarone/ Noelia Laudisi De Sa/ Agustina Sandoval Lerner/ Mónica Mexicano 💻 Edición: Fernando Tebele 📷 Fotos: Capturas de la transmisión en vivo de La Retaguardia Feliciano Cabana comenzó su testimonio con un breve traspié tecnológico que fue resuelto rápidamente por una mujer que lo asistía en esas cuestiones; el problema eran los auriculares. Cabana dijo que se estaba recuperando después de haberse contagiado con Covid—19, que había estado internado, muy mal, y que algunas cosas, por tal motivo, no las recordaba. Pero, con mucha dificultad y la ayuda por las preguntas de la fiscal Gabriela Sosti, pudo declarar. Era el segundo gendarme del día en hablar. Antes había pasado frente al Tribunal Oral Federal N°1 de San Martín Orlando Maza, quien en un momento pareció estar interesado en hablar solamente de instrumentos musicales. Maza, como Cabana, había integrado la banda de música de Gendarmería, estuvo destinado en Campo de Mayo y se consideró amigo de Roberto Fusco, otro músico de la misma banda, acusado en este juicio. “Es un señor músico, es un amante de la música”, dijo Maza sobre el represor. La relación de amistad entre ambos perduró en el tiempo hasta el punto que se juntan todos los 22 de noviembre, el “día de la música, a festejar”, explicó el testigo con naturalidad. Pero, justamente por conocerlo tanto, pudo describir características físicas de Fusco que resultaron coincidentes con la descripción que algunos sobrevivientes hacen de “Pajarito”. Fuera de eso, el tono de Maza, con algunas respuestas escurridizas, pareció estar embargado por el espíritu y la vocación de servicio gendarme. Por eso, cuando Cabana empezó con los problemas de auriculares, se podía creer que la jornada se tornaría agotadora. Pero el testimonio de Cabana será sustancialmente distinto al de Maza.    Pajarito Fusco entraba y salía de “interrogatorios” Feliciano había sido trompetista en la banda de música de Gendarmería. Durante algunos meses de 1976 o 1977, que no pudo precisar exactamente, había sido designado al puesto de entrada en Campo de Mayo alrededor de tres meses.  Como le pasó a muchas bandas por esa época, la banda de música de gendarmería se disolvió y sus integrantes tuvieron que cumplir otras funciones. “Nos cargaron a un camión, sin motivo adonde íbamos y fuimos a parar a ese lugar”, señaló.  En el puesto de guardia debía estar veinticuatro horas parado, solo o acompañado. Por el paso de los años no podía recordar el nombre de sus compañeros de guardia, “De día y de noche, por veinticuatro horas”.   En esa guardia no pedían identificación a quienes entraban. “Abrir el portón, entrar y cerrar, no sabíamos qué personas entraban”. Los vehículos que entraban eran autos de civil con personas de civil. “Nosotros teníamos orden de no allegarnos al vehículo, ni tampoco identificarlos, ni nada, nada”, explicó Feliciano Cabana.   “Cuando llegábamos no sabíamos nada, nos sorprendimos, éramos jóvenes y nos asustamos. Nos repartieron las órdenes de cada uno, la misión que cada uno tenía que hacer”. Después les dijeron que había “gente detenida” en el lugar. “Se escuchaban gritos (de personas) de lejos y después había silencio”.  —¿Y ustedes supieron, pudieron darse cuenta de qué se trataban esos gritos? —preguntó Gabriela Sosti. —Claro, después del portón, no cierto (sic), sabíamos a mirar y sacaban, no cierto, gente del lugar donde era el interrogatorio, y… y… y… sabíamos mirar nada más nosotros… nosotros no teníamos acceso a tocar ni acercarnos ni nada por el estilo. —¿Qué significa eso que lo sacaban del lugar del interrogatorio, qué era eso? ¿Dónde estaba el lugar de los interrogatorios? —Después nos dimos cuenta de que eran detenidos que traían de afuera. —¿Y por qué dice lo del interrogatorio? ¿Qué supo de los interrogatorios? —Después nos dijeron que era un lugar de los interrogatorios de los detenidos que traían de afuera —declaró Feliciano y reconoció que se comía en un quincho abierto a media cuadra del “interrogatorio”.   Sucede que durante las extensas guardias que realizaban en algún momento, tenían que comer. “Era un lugar que no tenía un comedor de cuatro paredes, era como un quincho, comíamos ahí, del interrogatorio estaba a treinta, cuarenta metros”. Yendo a comer fue que vio dos o tres galpones en ese lugar.  El trompetista de gendarmería señaló a Roberto Fusco como su superior, recordó que le decían “Pajarito” y que fue designado al “lugar de interrogatorio”. Entraba y salía de ahí.  El abogado querellante, Pablo Llonto, le preguntó si vio alguna construcción cuando comían en el quincho. “El interrogatorio estaba vacío, no había nadie cada vez que hubimos (sic)”, fue su primera respuesta y al principio no pudo ni describir el lugar. Sin embargo, con la lectura de su declaración anterior, pudo recordar una “pileta vacía, tapada de yuyos, no tenía agua”. Pero no supo decir cómo le decían entre ellos al lugar donde hacían guardias, ni siquiera cuando Llonto insistió con “¿Los Tordos le dice algo?”.  En etapa de instrucción, Cabana se había referido a la presencia de mujeres embarazadas en El Campito; frente al tribunal no pudo recordarlo. “Cuando nos juntábamos a comer en el quincho yo escuchaba conversaciones de que había mujeres embarazadas y se las veía pasar entre los galpones, estaban sueltas pero vigiladas”, fue su declaración anterior en el año 2014, que para esta oportunidad se le borró.  Concepción Atienza En total declararon cinco gendarmes. El caso de Enrique Berozuk fue particular, no tanto por lo que dijo sino porque apareció vestido con un camperón oscuro que tenía una pequeña bandera argentina en un brazo. El último en declarar fue Concepción Atienza, quien dijo haber estado en “Campo

Declaran los exconscriptos Luis Alberto Cabral, Mauricio Ricardo Villalba y Mario Ángel Ventura.

Declaran los exconscriptos Juan Sandoval, Alejandro Héctor Astudiano y Ricardo Roberto Navarrete.

Declaran los exconscriptos Luis Orlando Galván, Genaro Bernal y Mario Ramón Domínguez