Visita a El Vesubio – Informe Especial – Cuando la memoria queda en manos artesanales
Por LaRetaguardia en Derechos Humanos, Vesubio III - publicado el 16 noviembre 2025
Un equipo de La Retaguardia participó de un recorrido por lo fuera el Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio El Vesubio. La guía fue de sobrevivientes y familiares de personas desaparecidas que pasaron por el predio de Ricchieri y Camino de Cintura. Reconstruyeron algunas de las historias, mientras tratan de comprender por qué todavía no se instaló en el lugar un Espacio para la Memoria, aunque la Comisión Vesubio / Puente 12 sostenga cada vez que puede el irremplazable relato en primera persona. Con una crónica, dos episodios audiovisuales y un informe fotográfico, compartimos esta cobertura especial.
Redacción: Ailín Bullentini
Fotos: Luis Angió
Videos: Fernando Tebele

Resistencia fue, desde el principio, una palabra imprescindible para definir la militancia por la memoria, la verdad y la justicia frente al Terrorismo de Estado de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. Eso fue lo que hicieron los y las sobrevivientes del plan de exterminio que se desplegó en el país y la región desde mediados de los ’70, junto a familiares y compañeros de las personas secuestradas, asesinadas y desaparecidas: resistir en la búsqueda, en el reclamo, en la lucha. Resistir al olvido. Resistir a la impunidad. Resistir en nombre de la verdad. Hoy, casi cinco décadas después, con más de 20 años de juicios que confirmaron aquello que denunciaron desde el primer día y con pruebas incontestables del accionar macabro contra toda forma de organización popular, la palabra sigue siendo tan necesaria como entonces.
Resistir en movimiento. Resistir haciendo. En eso andan sobrevivientes y familiares del Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio El Vesubio, que funcionó en un predio a la vera del Camino de Cintura, en La Matanza. Resisten con el cuerpo, con la palabra, con la memoria y con la acción al negacionismo y el espíritu de destrucción de toda política pública de memoria, verdad y justicia que prometió y activó el gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel desde su primer día.
Es sábado 1 de noviembre. Es una mañana cálida, de sol, bien primaveral. Somos un puñado de personas —no más de una docena— las que nos encontramos en un predio rectangular a la vera del Camino de la Virgen, la colectora que acompaña en una de sus manos al Camino de Cintura, una de las vías conurbanas (la Ruta Provincial N°4) que une los partidos de La Matanza, Esteban Echeverría y Lomas de Zamora.
A simple vista, lo único que hay en el predio además de los pilares de Memoria/Verdad/Justicia”, es pasto, algunos rectángulos de cemento o baldosas viejas, y árboles. Minutos más tarde voy a saber que hasta 1978 esos pedazos de cemento o baldosas eran pisos de construcciones y que además de pasto y árboles también hay perímetros de lo que antes fue un chalet con sótano. Hay una pileta, también. Abandonada y rodeada de pastizales altos; hay que acercarse y asomarse para descubrir los azulejos blancos.
Un alambre lo separa en uno de sus laterales de otro predio que está habitado; otro, de menor longitud, de una parrilla al paso, improvisada, de esas salvadoras al costado de cualquier camino. Minutos más tarde, también, me enteraré de que esos predios linderos, décadas atrás, formaban parte del que fuimos a visitar.
Entre 1975 y 1978, el Ejército mantuvo secuestradas en El Vesubio a unas 400 personas. Las torturó, hambreó y sometió a terribles abusos. El Vesubio fue el primer campo de concentración de la última dictadura en ser denunciado en una causa judicial –todavía no había culminado el genocidio cuando el sobreviviente Paulino Guarino presentó un hábeas corpus por su compañera, que también había estado encerrada en ese lugar–.
El dato lo presenta Verónica Castelli en medio de una ronda que armamos los periodistas que nos dimos cita esa mañana. Los padres de Verónica, Roberto Castelli y María Teresa Trotta, fueron secuestrados en 1977 y mantenidos cautivos en las construcciones que ocuparon ese predio –y que fueron demolidas por los genocidas para no dejar rastros–. Están desaparecidos desde entonces. María Teresa dio a luz en cautiverio a una nena que fue apropiada por los represores, dada en adopción a través del Movimiento Familiar Cristiano, y restituida en 2008. Al lado de Verónica están María Inés “Checha” y María de las Mercedes Sánchez, cuya madre fue secuestrada en la estación de Lanús. Estaba embarazada. María de las Mercedes nacería durante ese cautiverio de Silvia Corazza; Checha vería a su mamá por última vez cuando ella entregó a su hermana a la familia materna, antes de ser asesinada. Silvia Saladino, militante de Vanguardia Comunista en los tiempos en los que fue secuestrada, y sobreviviente de El Vesubio, escucha con atención y acota datos al relato. Nieves Kanje, que anda por ahí y también fue militante del partido de línea maoísta, va a sumar su historia cuando lleguemos a la Casa 2, donde fue torturada. Completa el círculo Oscar “Hormiga” Arquez, sobreviviente de “la otra noche de los lápices” –fue secuestrado cuando militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios el 16 de septiembre de 1976, en La Matanza–.
Todos comparten la Comisión Vesubio y Puente 12, una organización de derechos humanos que identificó el lugar, peleó por su señalización como Sitio de memoria, trabajó para impulsar y robustecer las investigaciones judiciales sobre los crímenes de lesa humanidad que allí sucedieron, y se ilusionó con la posibilidad de que todo ese esfuerzo se tradujera en un Espacio de Memoria que permitiera el traspaso a las nuevas generaciones.
“Es un derecho de las y les pibes de La Matanza”, indicó Castelli sobre la posibilidad de que los jóvenes matanceros pudieran conocer lo que ocurrió durante la dictadura en el lugar donde viven, “sin tener que trasladarse a Capital o a La Plata”. “No es igual ir a un centro clandestino que está en tu propio barrio a uno que sucedió en CABA”, completó Checha Sánchez.


El Espacio de Memoria de El Vesubio estuvo muy cerca de concretarse. En 2022, el Mercado Central cedió la posesión del terreno para que allí se constituyera un espacio pedagógico. En su lógica, su estructura y hasta los guinness de las visitas familiares y sobrevivientes trabajaron durante meses junto a lo que entonces era la Dirección Nacional de Espacios y Sitios de Memoria, a cargo de Lorena Battistiol. Todo se derrumbó con el cambio de gobierno, la llegada de la dupla negacionista Milei/Villarruel y el exjuez Alberto Baños a lo que hasta hace meses fue Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, ahora devenida Subsecretaría.
El proyecto quedó inconcluso. A duras penas lograron que una cuadrilla se dedicara a cortar el pasto del lugar. “Nada es casualidad. El gran logro de este gobierno fue agarrar a toda una generación de chicos que en su gran mayoría nacieron después de la dictadura y proponerles un plan económico como lo nuevo que nos va a sacar de la miseria y que en realidad, en sus puntos principales, son exactamente los mismos que los de la dictadura aggiornados al tiempo actual: la destrucción de la industria nacional, favorecer la timba financiera, endeudarse y la destrucción del Estado”, propuso Castelli como hipótesis.


Memoria y preservación
Sobrevivientes y familiares nos guiaron a los periodistas, entre quienes estamos quienes realizamos una cobertura especial para La Retaguardia, después de haber hecho lo propio con un grupo de estudiantes secundarios adultos de la zona. Son algunas de las visitas que están intentando retomar en el marco del desierto en el que Baños, Milei y compañía convirtieron a las políticas públicas de memoria. A principios de año, trabajadores de la entonces Secretaría de DDHH –hoy despedidos, entre ellos Castelli–, la Comisión Vesubio Puente 12 y el Municipio de La Matanza abrieron una casilla de correo electrónico para recibir solicitudes de visitas.
“Nos llegaron un montón. Incluso escribió la embajadora de Francia. Insistimos con la Secretaría, pero no contestaron”, contó Saladino. En agosto decidieron comenzar a responder desde la Comisión.
Este sábado, la recorrida comienza desde uno de los extremos del predio que da a la colectora. Debajo de un Árbol, Castelli cuenta que la estructura que habían consensuado para el Espacio de Memoria comenzaba allí, con un salón de recepción que servía como lugar para compartir la parte introductoria del guión, una especie de primera estación de la visita, para luego recorrer el predio mediante pasarelas que permitieran observar, sin atacar la preservación del lugar, los espacios que fueron excavados y los cimientos de las Casas 1 y 2 y las caballerizas, los tres lugares en los que funcionó el plan de secuestros, torturas y exterminio en El Vesubio.



En ese primer módulo pensaban instalar contenido, entre otras cosas, que explicara la cadena de mando que atravesó y fue responsable de lo que sucedió en el campo de concentración. En el aire, Castelli enumeró de mayor a menor, las estructuras de mando de las fuerzas armadas que tenían bajo su órbita El Vesubio, y sus responsables: Zona 1/Primer Cuerpo del Ejército/Guillermo Suárez Mason – Subzona 11/Brigada de Infantería/Juan Bautista Sasiaiñ/ – Área 114/Grupo de Artillería 1 Ciudadela. Y aclara: “La cadena de mando permite mostrar de manera gráfica el nivel de organización con el cual se salió a atacar a cualquier forma de organización de la población. Sería mucho mejor tener un plano y mostrárselo «.
En la enumeración verbal, el dato corre riesgo de perderse. Sin embargo, hizo hincapié en uno particularmente: El subjefe de la Subzona 11, Ernesto Gamen, para organizar todo lo que llamaban Inteligencia, que no era otra cosa que obtener información bajo tortura, fundó la central de reunión de informaciones que se instaló en el Regimiento de Tablada. “El Jefe de Inteligencia de ese regimiento era Ernesto Villarruel, imputado en Vesubio, falleció hace un año y es el tío de la vicepresidenta”, aclaró.
La pasarela imaginaria nos llevó hasta el lugar en donde se erigió hasta 1978 la Casa 1: la Jefatura, el lugar en el que funcionó el plan de exterminio propiamente dicho hasta 1977. Allí, una casa de tres habitaciones, salón principal, baño y sótano, vivió Pedro Duran Saenz, el jefe del campo de concentración –en 1978 lo reemplazó Adolfo Cacivio–.
Los prisioneros que pasaron por El Vesubio durante 1976 “eran traídos a la Casa 1 o Jefatura”, cuenta Castelli, luego de un recorrido que hacían encapuchados. Muchos de los testimonios de sobrevivientes coinciden en que tras ser secuestrados eran encapuchados y metidos en vehículos; que en un momento del recorrido tomaban algo parecido a una “ruta, por la velocidad, que se supone era Ricchieri, y luego un camino de tierra, lo que se supone que era camino de cintura”. Los relatos también coinciden en que el lugar les parecía un campo “por los aromas y los ruidos”.
Las personas eran torturadas en dos de las habitaciones –en la tercera dormía Duran Saenz– y luego hacinadas en el sótano. En 1977, cuando los prisioneros ya sobrepasaban por mucho la capacidad de encierro de la Casa 1, fue reemplazada por la Casa 2, que funcionó como lugar de interrogatorio y tortura, y una estructura al fondo, una especie de caballeriza con grtilletes en las paredes y compartimentos pequeños, donde permanecían las personas encerradas, encapuchadas. Ese fue el circuito de Silvia Saladino y de Nieves Kanje, quienes fueron las encargadas de describir los espacios durante la recorrida. También se supone que fue el recorrido de Silvia Corazza, la mamá de las hermanas Sánchez, desde que fuera secuestrada en la estación de Lanús hasta dar a luz y ser desaparecida.
“La realización de un espacio de memoria sería una gran contribución para que la memoria siga viva en todas las personas que habitan este municipio en principio, y el país en general. Por eso estamos acá cada vez que se necesita”, aportó Checha. Al cierre de la recorrida se acercó una sobreviviente que permaneció en el predio durante toda la visita. Hablábamos entre periodistas, familiares y sobrevivientes, sobre la importancia de que la visita la guiaran ellos y lo difícil que para ellos debe ser contar lo doloroso una y otra vez. “Hablar acá es mucho menos doloroso que hacerlo en un juzgado. Acá hay una escucha”


