Y MILO J VOLÓ
Por LR oficial en Arte y Cultura, CABA - publicado el 23 diciembre 2025
Una abuela con sus nietos en un show de uno de los artistas del momento. La emoción, entre solidaridades y esperanzas.
Redacción: Estela Pereyra
A diez cuadras a la redonda están todas las calles cortadas. Mi hija me pasa a buscar por el centro de Avellaneda: los espero allí después de tomarme un café doble con dos media lunas con jamón y queso. Es que me decido a no salir con hambre y le concedo un permitido a mi diabetes para despuntar una tarde que promete ser memorable.
Caminamos las diez cuadras con mi cadera reclamando por una intervención quirúrgica a la que le tengo terror. Atravesamos una placita, llegamos al club de Velez Sarsfield y allí comienza la segunda etapa de la “epopeya”. Hay mucha, muchísima gente de seguridad que orienta a los miles de pibas y pibes, en su mayoría, que parecen hormigas despistadas. Me deja muy admirada el grado de organización. Es un buen comienzo, a pesar de todo. Ya hemos caminado largas seis cuadras, pero nuestra puerta, la de platea sur alta, es la 16 y está en la loma del quinoto. Seguimos caminando, cuento cada metro pensando que no llegaré, que debería haber preguntado antes a mi nieta en qué lugar era el dichoso recital porque, de haber sabido que era semejante distancia, creo que no habría aceptado. Pero ya estoy acá, jugada. A todo o nada. A llegar o quedarme afuera.
Cruzamos por debajo de la autopista y, según mis cálculos, nos estamos alejando demasiado del estadio. Conjeturo cuántas cuadras tendremos que hacer, luego, hacia atrás. Boqueo, me duele hasta el pelo, pero sigo. Mis nietos y el novio de Malena están felices, todos con su remera de Milo J, dos de ellas pintadas a mano esa misma mañana por Thiago, el novio de mi nieta. Camilo, con sus ya adolescentes 11 años, tiene una bermuda ancha, muy ancha, que me encanta. Mi hija, que ha trabajado como burra toda la semana, está cansada, le duelen los pies pero, aun así, está feliz por sus hijos, por ella y por mí. Hay un espíritu festivo en el ambiente carente de malas ondas, malos tratos o malos humores. Eso alivia el alma.
Tras las otras cinco o seis cuadras, llegamos a la dichosa puerta 16. No hay cola y eso me alegra: entraremos rápido, supongo. Sin embargo, nos espera una nueva tortura física: cuatro altos pisos con dos escaleras de unos veinte o más peldaños cada una nos separan de los asientos asignados. Mi bastón, al ritmo del toc-toc, acompaña la penosa y larga subida. En algún momento, mi hija me dice: “te juro que no creí que pudieras hacerlo”. Yo tampoco.
Llegamos. Las plateas altas ya están llenas. Para mi desesperación, veo una nueva escalera para llegar a los pocos asientos que quedan vacíos. Me planto, casi al borde del ataque de nervios: “no subo más” le digo al de seguridad que nos señala la escalera, tan larga como las anteriores. No, no puedo más, me siento en ese escalón, insisto, que no, señora, que ese lugar tiene que quedar vacío por si tienen que entrar los médicos con una camilla, que no, que no subo porque no me da más la pierna, reclamo ya con desesperación. Mi cara de enferma para la ambulancia lo convence. Estira la mirada, descubre un asiento vacío entre el piberío y les dice que se corran. Todos trasladan su cola hacia la derecha. Es graciosa la imagen. Queda una butaca en la punta, me siento y me parece haber llegado al paraíso. El acomodador, un morochazo alto, cuarentón, delgado, de rostro anguloso, se conmueve. Creo que ve que no miento: no doy más.
Suben mi hija, mis nietos y Thiago al fondo de esa alta grada, se despiden de mí, no estaremos todos juntos, la abuela ha conseguido un lugar privilegiado y está muerta de cansancio. “¿Vas a estar bien, abuela, acá solita?”, pregunta, preocupada, Malena. Le confirmo que sí, que lo importante es que ya no estoy ni caminando ni subiendo escaleras.
En el escenario Cuti y Roberto Carabajal cantan sus canciones, ese folklore totalmente santiagueño que, para la juventud, muchos suponemos, suena foráneo. Sin embargo, los pibes y pibas cantan con ellos a viva voz cada chacarera, cada zamba. Me sorprenden gratamente. Se van los santiagueños, apenas si son las siete de la tarde y Milo J comenzará a las nueve de la noche. Suben otros cantantes de trap que no tengo idea quiénes son. El acomodador sigue estirando su mirada hacia mi derecha, donde miles están sentaditos cantando como locos. Descubre otro lugar vacío. Se va hacia allá, les hace correr la cola otra vez hacia la derecha. Vuelve la imagen graciosa de ver ese traslado de colas, casi sin erguir el cuerpo, de un asiento al otro. El tipo vuelve: “llame a su hija, ese asiento es para que usted no esté solita”, me dice ese negro hermoso y solidario. De pronto, se interrumpe y sigue: “deje, la voy a buscar yo”. Sube la escalera, va hasta mi hija y la trae a mi lado. Cada vez que tuvieron que correrse todos lo hicieron de excelente buena voluntad, solidarios, amorosos, me tiran frases tales como “¿Estás bien?”. Son todos ¡tan jóvenes!
Llega Marina, se sienta a mi lado, me estira una botellita de agua y yo aprovecho y me mando el segundo diclofenac del día con paracetamol. Es que tengo que aguantar y estar bien.
Pasan las horas. El piberío canta y aplaude. Espera. Desde arriba vemos cómo se va llenando el campo poco a poco. Llega la hora, se apagan las luces y aparece el ansiado Milo J. Desde donde estamos podemos elegir verlo chiquitito sobre el escenario o enorme en las pantallas. Arranca con uno de sus traps (¿se dirá así?) El noventa y nueve por ciento de los asistente conocen TODAS sus letras y cantan como desquiciados, a los gritos, eufóricos. Pierdo noción de qué me gusta más: si Milo J o ese prodigio colectivo impresionante.
En el arte de la canción popular, Milo J es el primer fenómeno de masas después de Mercedes Sosa, Víctor Heredia, León Gieco y Charly García. Es su sucesor, sin dudas. Desde aquellos ochenta de regreso a la democracia que no observo algo así. En todos estos años no ha surgido nadie con esas características. Convocante de cuatro generaciones, este muchacho es un imán para todos. Hay familias enteras, padres con hijos, niños de ocho o nueve años, adolescentes y abuelos y abuelas con nietos. Los he estado observando desde que entramos, sobresalen las cabezas blancas de los más grandes por entre las miles de cabezas de pelos nuevos y jóvenes. Nadie se asombra de que allí estén esos viejos, nadie los desprecia, sino todo lo contrario. Entre los presentes corre una sabia unificadora, amorosa y solidaria. Es hermoso todo esto. Pienso que bien valió la pena la penuria de las cuadras caminadas y las malditas escaleras.
Milo J sigue cantando las canciones de sus comienzos, cuando sólo era un trapero y aún no había incursionado en el folklore. A mi derecha, en la fila de atrás, alguien canta a los gritos con voz aguda. Me da curiosidad, me doy vuelta y mis ojos descubren a un niño de no más de ocho años. ¡Todas las letras se conoce esa criatura que está allí con sus jóvenes padres! Canta y grita como loco y los demás le hacen coro.
Luces rojas tiñen el campo lleno de gente que hormiguea y cada vez es más numeroso. El sonido es espectacular. En una canción que desconozco, desde atrás del escenario, se elevan fuegos artificiales al compás de la percusión. Aúllan las masas. Cantan y cantan. ¡Es tan hermoso escucharlos! Se me pone la piel de gallina. ¡Cuánto hace que no veo algo así! ¡Qué bien me hace en este momento de la vida! ¡Qué feliz me siento!
Sigue y sigue Milo J. Cada tanto se va del escenario y vuelve con otra ropa. Al pantalón a media pierna, enorme, que parecía una pollera, con que arrancó, lo reemplaza por otro azul, igual de ancho, igual de media pierna, que acompaña con un chaleco azul. Baila Milo J y pienso que, entre tantas cualidades, también es sexy, atractivo con su rostro de labios gruesos, su piel amorochada, su mirada penetrante. Lo tiene todo dado, se me ocurre. No le falta nada. Su voz grave de barítono con su color aterciopelado hacen magia, conmueven. Canta Milo J y, con él, cantan miles y miles lo que sea, no importa ya si es trap o folklore. Cantan sus letras de denuncia que interpelan a una sociedad en crisis y expulsiva. Cantan esas letras de una generación que crece en medio de tantas frustraciones. Estamos vivos, pienso. Estamos vivos y no nos han muerto, me sostengo. Acá están los pibes, los del mundo que viene, los que podemos escuchar como telón de fondo de otro pibe que sabe decir lo que sienten, que los interpreta, que los contiene, que dice por ellos. Y, por qué no, por nosotros. En mi loca cabeza que todo lo analiza, me digo que Milo J, sin dudas, es un auténtico fenómeno de masas.
Arranca una Mercedes Sosa desde el más allá y ya todo es apoteósico. “El Jangadero” se hace himno popular, bestial, colectivo. Lo saben de cabo a rabo. Truena el estadio al compás de “Mi destino por el río es derivar. Desde el fondo del obraje maderero, con el anhelo del agua que se va”. Es un momento único, absolutamente conmovedor, triunfal y espontáneo. Jamás imaginé que escucharía miles de voces cantando una canción tan antigua. Termina y Milo J se aleja y nos da la espalda, caminando hacia las entrañas del escenario. Esa imagen brutal por la ausencia, representativa de una Mercedes ausente y paradojalmente presente, es tan fuerte que me estalla el llanto a gritos. Todo el estadio se ilumina con los celulares encendidos que danzan, cual si fueran navegando por el río, en el medio de la oscuridad.
“Es el día más feliz de mi vida”, dice Milo J y no es para menos: es la segunda jornada de un Vélez estallado de gente, reventado por los cuatro costados. Posiblemente, también sea el día más feliz, al menos del año, para miles de personitas de rostros tersos.
Y vienen los temas de su último disco, a cada cual más bello con esas canciones que son las que nos han atrapado a los más viejos, bah, nos han sumado para siempre uniendo nuestras generaciones en un mismo hilo. Como debe ser, como muchos soñamos que tiene que ser. El folklore más tradicional de nuestro país está en las bocas de todos que lo cantan como hace años no veo cantar a nadie.
Se vuelve a cambiar, pantalones violeta. ¡Ay, qué lindos! Ya hace dos horas y media que está sobre el escenario. En un costado arden llamas en un arbolito que no es de Navidad, sino uno de nuestras pampas, de nuestros bosques. Ha transcurrido el tiempo en una escenografía con teatralización, con una puesta en escena impresionante e imponente.
Se acerca el final, nos lo dice a modo de despedida y ninguno de nosotros quiere irse. Aun así, se queda un poco más. De pronto, luces de más y más fuegos artificiales se expanden en la negrura de la noche tiñéndola de rojo, verde, dorado. Todo es apoteótico. Maravilloso. Espeluznante. Y me digo que es lo más bello que he visto a lo largo de toda mi vida. No es lo mismo escuchar a Milo J en un video de YouTube, que verlo, sentir el vibrar de los asientos con el sonido y las masas cantando y bailando. No, no es lo mismo. Es algo imposible de describir en dos palabras.
Y, en medio de semejante parafernalia, Milo J vuela. Sí, literalmente vuela. Colgado de una roldana con una soga que atraviesa todo el estadio, su figura delgada y alta, en cueros, se pasea, de una punta a la otra, erguida por sobre las cabezas de miles y miles que lo miramos azorados. Se está dando el gusto de poner en actos su propio vuelo, me digo. Y ya no sé qué mirar: si a ese pibe flotando por el aire o los fuegos artificiales del otro extremo. Todo es abrumador, un cóctel de sensaciones entre sonido, imágenes y luces.
Se acaba el recital. ¿Se ofenderá el solidario morocho que nos ha conseguido los asientos, si le doy una propina?, le pregunto a mi hija y ella piensa que está bien. No me quiero ir sin darle una muestra de agradecimiento a su solidaridad. Preparo un dinero y pretendo, tras mil excusas, ponerlo en sus manos de dedos largos. “No”, me dice. “Es mi trabajo”, me explica. “Para la birra”, le insisto para que acepte. Me hace una broma: “¿Cómo sabe que me gusta la birra? Me encanta”, me responde sonriente y locuaz. Pero no, no quiere nada, aunque le guste la birra. Entiendo su dignidad de trabajador y le reitero mis muchas gracias con un gesto tocándome el corazón con las manos. Él me entiende. Lo veo en su cara. Me da gusto ver que la angulosidad de su rostro se entibia de ternura. ¡Qué hermoso todo, por favor!
Salimos. Otra vez las escaleras, cientos y cientos de peldaños. Ya afuera, me siento a esperar a que mi hija vaya a buscar el auto con mi nieto. Me quedo con Malena y Thiago observando el hormiguero de los miles y miles que pululan por donde se mire. Me pongo a charlar con ellos. Thiago, un dulce de leche, me cuenta que ha pintado esa mañana una remera para él y otra para Malena. Yo le cuento cómo me impresionó Milo J la primera vez que lo escuché. Una chica, está parada cerca de nosotros, me da la impresión de que nos escucha. Pasa largo rato ahí, como esperando algo o alguien. Finalmente, llega un auto a buscarla. Antes de irse se me acerca:
-Disculpe, no pude evitar escucharla. Usted es poética para hablar – me sorprende.
-¡Oh! – respondo asombrada. Y, a modo de explicación, sigo – soy escritora.
-Le cuento algo. Yo trabajo acá – con orgullo se señala el pecho de la remera que reza: Hospital Posadas.
-¡Ay, el Posadas! – le digo – Amo a su gente tan luchadora.
-Mire, yo le escribí a Milo J para contarle que iría con alguno de mis chicos del hospital y me mandó 38 entradas para ellos. – Me deja con la boca abierta.
-¿Y qué trabajo hacés en el Posadas?
-Soy hemoterapeuta, atiendo niños con leucemia.- Se encamina hacia el auto que la espera, la sigo, quiero saber más.
-¿Cómo es tu nombre?
-Leni – responde apurada, me saluda y sube al auto.
Quedamos ahí los tres. Milo J voló, Leni y sus niños, seguramente, también. Como nosotros.


