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Jubilados en Congreso: una historia, miles de historias

Por LaRetaguardia en CABA, Jubilados - publicado el 6 enero 2026

Siempre que algo se naturaliza, conviene repasar el proceso para poder valorarlo en su justa medida. Los miércoles en el Congreso, con jubiladas y jubilados enfrentando la represión, son un claro ejemplo de cómo la resistencia se construye con bronca y militancia.

Al principio nos juntábamos en la puerta del Anexo, por Rivadavia, y salíamos al medio de la calle cuando cortaba el semáforo. Ahí mostrábamos nuestros carteles a la gente en los autos. Eso era todo. Después se nos ocurrió dar la vuelta al Congreso, así como las Madres de Plaza de Mayo caminan cada jueves alrededor de la pirámide. Pero un día la policía nos empezó a empujar. Primero con los escudos, después con palos y con gases. Hubo días en que la represión fue tremenda, como la del 12 de marzo, el miércoles que casi matan a Pablo Grillo. Después nos enteramos que a Jonathan Navarro y a Pablo Troncoso, dos jóvenes que vinieron a acompañarnos, les sacaron un ojo con municiones de goma. Desde el miércoles siguiente comenzaron a poner una enorme valla para dejarnos encerrados en la plaza, enfrente del Congreso. 

Así lo relata Angélica, mujer de trazos duros, bien erguida, con un decir claro y firme. 72 años cumplió. Y cada miércoles se reúne con una organización fundacional de la lucha callejera: Jubilados Insurgentes. 

“Insurgentes” se formó en 2019. Los efectos inmediatos de la reforma previsional del macrismo estuvieron en su origen. Fue por entonces que salieron a la calle detrás de su bandera roja con letras negras y bordes blancos. La irrupción del COVID-19 hizo que se quedaran en sus casas y, a principios de 2024, retomaron fuertemente la actividad. Todos los miércoles están ahí, en las inmediaciones del Congreso nacional, haciendo lo que su nombre le indica: rebelándose contra el gobierno que los asfixia con sus haberes de hambre.


“Estaaamooos en frenteee de un gobiernoooo en plenooo derrumbeeee”, se escucha decir por un parlante que trasladan como una mochila con rueditas. Mientras tanto, varias decenas de jubilados y jubiladas corean con palmas y brazos alzados uno de los hits del momento: “Son todos narcos la yuta que lo parió…”. El señor del parlante continúa: “Y este mamerto que está en Casa Rosada, lo único que se le ocurre es ir a cantar cancioncitas en el Movistar Arena”.

Una enorme bandera naranja con letras negras identifica a este sector de los y las manifestantes. Es el Plenario de Trabajadores Jubilados, el único grupo que asume explícita y visiblemente su posición ideológica y partidaria. Son los Jubilados de Izquierda, tal como lo indican en uno de sus estandartes de mayores dimensiones.

Cada miércoles se reúnen sobre el borde oeste de la Plaza o en alguna calle lateral, dependiendo del cerco que haya hecho la policía. Con su parlante-mochila, pequeño pero potente, se arengan casi una hora pasándole el micrófono a representantes de diversas organizaciones, partidos o sindicatos. Cuando terminan sus discursos empiezan el camino: un breve derrotero que circunvala la plaza del Congreso y la Mariano Moreno terminando en Avenida Rivadavia, cerca del cine Gaumont. 

Igual que los Insurgentes, comenzaron sus actividades poco tiempo antes del cambio del gobierno en diciembre de 2019. Pero fue en los primeros miércoles de 2024 cuando el Plenario se hizo parte de la manifestación semanal, un ritual civil cuyo incomparable antecedente es el de las Madres de Plaza de Mayo; un rito que, aunque nació en los 90 con Norma Plá, se reeditó y se reconstruyó a partir del triunfo de La Libertad Avanza.


El Plenario y los Insurgentes no están solos. También hay otras agrupaciones que integran la Mesa Nacional Coordinadora de Jubilados y Jubiladas. Pero en particular, en esta reedición de “los miércoles de jubilados y jubiladas” se sumó un nuevo participante que, muy rápidamente, adquirió un papel de enorme protagonismo. Con figuras pintorescas y sencillas; sin discursos para propalar, sin volantes para repartir y con la única logística de su inventiva. Callao y Rivadavia fue su punto de encuentro, en el semáforo que mira hacia la Avenida Entre Ríos. En ese sector, desde pasado el mediodía, comienzan a reunirse Los Doce Apóstoles, heterogénea agrupación de “Jubilados Autoconvocados” cuya bandera distintiva lleva la imagen de las Islas Malvinas y el icónico retrato de Norma Plá alzando la gorra que le quitó a un policía.

Dicen que se llaman así porque siempre “van al frente”, como lo habrían hecho los apóstoles en tiempos de Jesús. Aunque son minoría, hay mujeres en ese grupo, y no les afecta que el nombre sea en masculino. Poseen una rebeldía peculiar, una terquedad respetuosa. Tal vez no quede ninguno ni ninguna sin haber padecido el vil rigor de las fuerzas de seguridad. Casi todos y todas recibieron palos, empujones y gases. Sufrieron golpes, caídas, quebraduras y lesiones de cualquier tipo. Buena parte, además, conoció la incertidumbre de la internación hospitalaria y hasta la angustia de la detención policial.

“Cuando empezamos éramos poquitos y no queríamos identificarnos con ningún partido. Venimos acá para defender nuestros derechos, no nos interesa ‘hacer política’. Yo soy peronista, pero acá soy un jubilado más que reclama lo que nos corresponde después de tantos años de trabajo y también por el futuro de nuestros hijos y nietos”, así se expresa Mariano, uno de los fundadores y referentes del grupo. 

Es un tipo sencillo, usa pocas palabras, las mínimas. No tiene la dureza de Angélica ni la elocuencia del señor del Plenario. 

 Mariano es lo más parecido a una persona común, pero común en serio. Tan común como los millones de personas comunes que no saben de discursos militantes, que sus razones más hondas nacen antes del corazón que del raciocinio, nacen de la experiencia angustiante que genera la pobreza, sobre todo la ajena.  


Los tres grupos de los miércoles son bien distintos entre sí. Pero “Los Doce Apóstoles” es el más diferente. Un puñado de jóvenes les acompaña y les hace el aguante cada semana. La mayoría de sus más conspicuos integrantes, que tal vez supere el medio centenar, se identifica claramente por su apariencia. El uso de pelucas, camisetas de fútbol, banderas portadas a modo de capa, carteles caseros, pancartas manuscritas, objetos domésticos de percusión y cualquier otra cosa que pueda llamar mínimamente la atención son sus formas declamativas más utilizadas.  

Pero no es sólo una cuestión de estética ni de recursos. También se diferencian por sus procederes en ese territorio de protesta. Experimentan la libertad de quienes pueden ir creando, colectivamente, sus movimientos en el tablero. 

“¿Y si nos metemos por la calle Solís?”, se escucha gritar en algún lado. Y si el instinto general acepta la propuesta, comienzan a moverse en esa dirección. Y no temen acercarse a donde está la policía con sus escudos, garrotes y gases. Se les acercan a sus máscaras y les gritan en la cara: “¿Ustedes no tienen abuelos, no tienen padres? Vayan a buscar narcos en lugar de pegarnos a nosotros…” 

Después de casi dos años comenzaron a tener algunos recaudos para evitar más golpes y detenciones. Pero saben que una estrategia del gobierno consiste en “encajonarlos”.  En meterlos en una suerte de protestódromo para que nadie los vea. Por eso, antes que los discursos prefieren las acciones. Buscan salir del corral para hacerse visibles, para que su protesta se multiplique. 

La comunicación de Los Doce Apóstoles es principalmente simbólica, mínimamente conceptual. Sus miembros, acompañantes y seguidores hablan con el cuerpo, con sus disfraces, con sus abrazos, con sus mutuos cuidados. Hablan con sus gritos temerarios frente a los paredones de cascos, botas y escudos. Se expresan compartiendo agua, panes, empanadas, facturas o lo que tengan. Hasta celebran cumpleaños con tortas y velitas. Les gusta terminar bailando al son de bombos, redoblantes y trompetas. También dan la vuelta a las dos plazas contiguas pero, cada semana, buscan algún escondrijo para meterse en las veredas del Congreso. Los Insurgentes también suelen intentarlo. No tienen problemas en ir juntos. En ocasiones —muy pocas en los últimos meses— lo consiguieron. La mayoría de las veces se chocan con los infantes de la Federal: Policía, Gendarmería, Prefectura y PSA. Sí, todas las fuerzas de Seguridad para contener y reprimir a un pequeño grupo de jubilados y jubiladas. Mientras tanto, se corea la canción: “Que feo, que feo, que feo debe ser, pegarle a un jubilado para poder comer”.

Personas con muletas y en sillas de ruedas, personas que deambulan insultando sin límites al gobierno mientras golpean pequeños objetos con sonido a cacerola, otras que les pegan a las vallas como si fuesen las cabezas de los policías que están detrás, algunos curas, un señor con megáfono que habla sin parar y al que nadie escucha, una travesti ligera de ropa y una señora que camina sonriente repartiendo estampitas de la Virgen, son algunas de las infaltables presencias semanales.

Los Doce Apóstoles y el amplio conjunto de personas que se moviliza tras su bandera sintetizan, con espontánea sabiduría, la lucha con la fiesta. Se enojan con el gobierno que apalea y empobrece, reclaman por la justicia que se les niega y bailan al ritmo de cumbias y batucadas.


Reporteros y reporteras merecen una mención especial. Buena parte se reencuentra, cada siete días, con besos y abrazos. Algunos y algunas se conocían por sus historias laborales. Otros y otras se fueron incorporando profesional y afectivamente desde enero de 2024. La mayoría trabaja por su cuenta o pertenece a medios comunitarios o de organizaciones sociales, políticas, sindicales. Y esa mayoría no es imparcial: acompaña el reclamo de los y las “jubis”, no sólo en sus publicaciones, también en la calle compartiendo sus pasos, cantos y demandas. Aunque intentan cubrir todo lo que ocurre cada miércoles, tienen un particular vínculo con Los Doce Apóstoles. Vínculo que también incluye sufrir la represión.. El caso del fotógrafo Pablo Grillo es paradigmático por su gravedad. Pero no es el único. Así fue que el uso de cascos y máscaras para protegerse de palos y de gases, se convirtió en equipo obligatorio. Sólo cronistas de medios comerciales, los que transitan acompañados de cámaras y productores, suelen ir desprovistos de esas protecciones. En caso de refriega, se alejan unos pasos y cubren con sus drones.

Reporteros y reporteras, con equipo de batalla, forman parte de la peculiar geografía de cada miércoles en la zona del Congreso. No hay postal que no los incluya. Jubis y prensa fueron sellando una alianza tan afectuosa como estratégica. Se cuidan recíprocamente y forman un gran equipo de lucha y difusión. Es probable que, sin los reporteros y reporteras, los miércoles de jubilados y jubiladas no serían lo que son.


Las órdenes federales, en combinación con la Policía de la Ciudad, construyeron un corral de casi 20 mil metros cuadrados. Empieza en el vallado que impide el acceso a la avenida Entre Ríos, continúa por Hipólito Irigoyen hasta el cordón policial que se monta por Luis Sáenz Peña y cierra con Avenida Rivadavia hasta su encuentro con Callao. También hay policías en los cruces de Solís y de Virrey Ceballos con Irigoyen, en la fusión de Avenida de Mayo con Rivadavia y en sus cruces con Montevideo y Rodríguez Peña. Un rectángulo algo mayor que el de una pista de atletismo. Es como si el Gobierno nacional y el de Buenos Aires estuvieran diciendo: “¡Vayan, viejos y viejas de mierda! Retocen un rato alrededor de las plazas y déjense de joder. Caminen y entreténganse un par de horas, aprovechen que les queda poco tiempo.”

Jubilados y jubiladas entienden bien este mensaje. Saben que los gobiernos, sobre todo el nacional, se les cagan de risa. Y les da bronca, claro. Pero no les importa demasiado. Por un lado, porque la prensa aliada permite que los miércoles trasciendan en algunos periódicos, noticieros y redes. Y, en especial, porque el horizonte de sus demandas excede por completo sus propias vidas. Con más pasado que futuro, saben que si obtienen algún logro será, principalmente, para sus descendencias.

La manifestación semanal de jubilados y jubiladas no sólo es un espacio de lucha y resistencia. Para muchos y muchas se fue convirtiendo en un lugar de encuentro, en una reunión de amigos y amigas, un espacio de catarsis, un momento liberador de tanta angustia cotidiana; de tanta soledad, en muchos casos, y de tanto abandono, en muchos otros.

“Que nos vengan a ver, que nos vengan a ver. Jubilados le enseñan cómo luchar a la CGT”.  Así dice una de las estrofas más cantadas en las marchas. Y, más allá de cualquier opinión al respecto, lo cierto es que no hay otro sector social con tanta presencia callejera ni con tanta constancia en sus demandas. Podrá decirse que no tienen otra cosa que hacer o que ya no tienen nada para perder. Sin embargo, no parecen razones suficientes para explicar el porqué de su perseverancia. No son pocas, por otra parte, las miradas críticas que recaen sobre esta estrategia. Miradas que relativizan, casi por completo, el valor político y transformador de este modelo de lucha. 

“Algunos dicen que así no se logra nada”, comenta César, activo participante semanal. “Pero acá hay mucho más que un reclamo político, o sectorial. Acá está la llama que no quiere apagarse, está la vida que no se quiere entregar. Igual que los peces cuando quedan prendidos del anzuelo. Saben que los van a filetear, pero igual colean. Podríamos quedarnos en casa mirando la tele o jugando a las cartas en un centro de jubilados. No estaría mal. Tal vez los resultados serían parecidos. Pero decidimos andar en cardumen. Si nos pescan, que les cueste sacarnos del agua”, completa.