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LA SENTENCIA DE UN TRABAJADOR DE MOLINOS: «ÉRAMOS PERSEGUIDOS DENTRO Y FUERA DE LA FÁBRICA»

Por LaRetaguardia en Derechos Humanos, Molinos Río de la Plata - publicado el 19 octubre 2026

Cuatro testimonios, distribuidos entre las audiencias del miércoles y el jueves en el marco del juicio de lesa humanidad que se desarrolla en La Plata contra el exjefe de Personal de Molinos Río de la Plata Emilio Parodi volvieron a poner bajo la lupa lo que ocurría dentro de la planta de la alimenticia en Avellaneda en los meses previos y posteriores al golpe de Estado de 1976. Dos hijos de trabajadores desaparecidos —que no son “casos” en el debate, pero impulsaron la investigación—  y dos exempleados de la planta declararon ante el Tribunal Oral Federal N° 2 de La Plata.

Roxana Freitas, hija de Avelino “Chiche” Freitas, y Ernesto Ceferino Mataboni, hijo de Rubén Ramón Mataboni compartieron sus historias el miércoles. Junto a Analía Fernández, hija de Francisco Fernández —una de las víctimas por las que se lo está acusando a Parodi— Roxana y Ernesto fueron los responsables de impulsar la causa judicial hace más de una década para reconstruir el rol de Molinos Río de la Plata en el secuestro de sus padres y de otra veintena de obreros, varios de ellos aún desaparecidos, en el marco del plan sistemático de secuestro tortura y extermino desplegado por la última dictadura cívico militar eclesiástica.  

El jueves fue el turno de los extrabajadores Jorge Palacios y Guido Almaraz. Se esperaba el testimonio de otros dos operarios, pero no están en condiciones de declarar. Si bien Fiscalía y la mayoría de partes acusadoras insistieron en sumar sus declaraciones en instrucción por lectura —todos insistieron en la demora en la realización del debate—, la defensa de Parodi se opuso y propuso habilitarlos a declarar desde sus casas. La querella de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Nación se alineó con la defensa, algo que ocurrió por primera vez desde la reanudación de los juicios de lesa humanidad. 

Desde lugares distintos —la memoria familiar, la reconstrucción de años de búsqueda y la experiencia directa dentro de la fábrica—, los cuatro testimonios coincidieron en reconstruir un mismo clima: organización obrera, reclamos por mejores condiciones de trabajo, vigilancia interna, amenazas, despidos y, finalmente, secuestros.

Cada declaración aportó una pieza diferente. Los hijos contaron lo que sus padres habían hecho dentro de Molinos, las amenazas que dijeron haber sufrido y las consecuencias que las desapariciones dejaron en sus familias. Los extrabajadores, en cambio, reconstruyeron desde adentro las tomas de fábrica, la formación de una comisión interna, el rol del personal de vigilancia conocido como “los bomberos”, la existencia de trabajadores señalados y el modo en que algunos de sus compañeros fueron perseguidos antes de ser secuestrados. En varios de esos relatos apareció Parodi como el hombre de la Jefatura de Personal que intervenía en los conflictos con los obreros y, según los testigos, recibía información sobre quienes tenían mayor participación gremial.

Roxana Freitas, hija de Avelino “Chiche” Freitas

Roxana Freitas es hija de Avelino “Chiche” Freitas, trabajador de Molinos Río de la Plata desaparecido desde el 1 de julio de 1976. Tenía ocho años cuando secuestraron a su padre. Sus hermanas tenían siete y poco más de un año. Además, su madre estaba embarazada.

Contó ante el Tribunal que buena parte de lo que pudo reconstruir sobre la actividad de su padre se lo transmitieron sus abuelos y antiguos compañeros de la fábrica. Avelino Freitas militaba en la Juventud Peronista y era delegado del Sindicato de Obreros y Empleados de la Industria Aceitera.

Según esos relatos, era un trabajador muy activo en los reclamos laborales dentro de Molinos. “Era un compañero que peleaba por los derechos de sus compañeros”, dijo Roxana. Recordó que le habían contado que Freitas había participado en reclamos para que los trabajadores tuvieran baños, duchas y vestuarios dentro de la planta, beneficios que hasta entonces no existían. También había participado de tomas de la fábrica y de elecciones sindicales.

El secuestro

Avelino fue secuestrado cuando esperaba el colectivo para ir a trabajar, en la esquina de Centenario Uruguayo y Carabelas, a una cuadra de su casa, en Avellaneda. 

La familia reconstruyó lo sucedido gracias a un vecino que también fue detenido aquella mañana. Según relató Roxana, el hombre contó que pasó un vehículo con militares, que levantaron a su padre de la parada, lo encapucharon y lo trasladaron a la Comisaría 4ª de Avellaneda.

Ese vecino fue liberado y avisó a su abuelo que Avelino estaba allí. Cuando el padre de Freitas fue a buscarlo, ya no se encontraba en la comisaría. Años después, la familia supo que allí habría permanecido tres o cuatro días y que luego habría sido entregado al Ejército. Su detención, según señaló Roxana, no había quedado registrada formalmente.

Desde entonces no volvieron a saber de él.

Sus abuelos presentaron habeas corpus, realizaron denuncias, concurrieron a tribunales, unidades militares y distintas instituciones. Recibieron también datos falsos que los llevaron a viajar a lugares como Esquel y Salta creyendo que podían encontrarlo. Su abuela se integró a Madres de Plaza de Mayo y participó de organismos de familiares.

“La empresa sabía los movimientos”

Durante su declaración, Roxana sostuvo que cree que la empresa tuvo responsabilidad en la persecución de su padre.

“Yo creo que ellos fueron los que lo entregaron”, afirmó. Aclaró que esa convicción se apoya en lo que le contaron antiguos compañeros de Freitas acerca de la persecución que sufría y en que, a su entender, la empresa conocía sus horarios, recorridos y movimientos cotidianos.

También relató lo que supo sobre otros secuestros de obreros de Molinos. Según las historias que le transmitieron trabajadores de la época, en algunos operativos los militares esperaban dentro o en las inmediaciones de la planta. Cuando determinados trabajadores iban a fichar para ingresar, sus tarjetas no estaban en el lugar habitual: eran apartados y posteriormente subidos a vehículos militares.

Mencionó particularmente el caso de Francisco Fernández, cuyo secuestro le es endilgado a Parodi en el debate —además del de Santos Ojea y Roberto Rivolta Bonino— y explicó que compañeros de su padre le habían relatado ese mecanismo.

Ante una pregunta específica de la Fiscalía, señaló que nunca supo que Molinos Río de la Plata hubiera realizado una denuncia por la desaparición de su padre ni que nadie de la empresa se hubiera acercado a la familia después del secuestro. “Nunca. Nadie. Ni siquiera para preguntar por qué papá no se presentó a trabajar”, respondió.

El exilio obligado en Paraguay

Después de la desaparición de Freitas, su familia también sufrió persecución. Roxana recordó que su tío Agustín fue quien sacó a las cuatro niñas del país. Explicó que su padre, ante las amenazas que venía recibiendo, le había pedido previamente a su cuñado que, si le ocurría algo, protegiera a su familia.

Cuando estaban saliendo de la casa para dirigirse hacia lo de su tío, éste advirtió que un automóvil los seguía. Al bajar del colectivo, volvió a ver el mismo vehículo. Asustado, llevó a las niñas a un pasillo donde vivían familiares paraguayos y las repartió entre distintas casas para evitar que pudieran encontrarlas.

Luego viajaron clandestinamente a Paraguay junto a su madre. Roxana recuerda que cruzaron en un carro, escondidas bajo paja. Eran niñas y en ese momento no comprendían el peligro. Permanecieron alrededor de un año en el país vecino, atravesando enormes dificultades económicas que siguieron a su regreso. En Argentina, las cuatro hermanas quedaron al cuidado de sus abuelos. Su madre, sin estudios y con pocas posibilidades laborales, debía trabajar cama adentro.

“Encima de no tener a papá, nos criamos sin mamá”, resumió.

Las consecuencias

Uno de los momentos más fuertes de su testimonio fue cuando reconstruyó las consecuencias que la desaparición de su padre tuvo sobre toda la familia. Durante mucho tiempo a las niñas les dijeron que su padre se había ido a trabajar lejos. Esperaban su regreso. “En las Navidades, mientras todos los chicos esperaban regalos, nosotros esperábamos que papá entrara por la puerta”, recordó. 

La desaparición también condicionó su educación. Roxana contó que no pudo cursar la secundaria cuando correspondía porque su abuela tenía miedo de que las nietas circularan por la calle. Terminó sus estudios ya de adulta.

Recordó también el silencio que rodeaba la desaparición. Cuando regresó de Paraguay y volvió a la escuela primaria, sentía que sus compañeros sabían algo que ella desconocía. “Ellos ya sabían que yo era hija de un desaparecido, pero no se podía decir nada”, explicó.

Cincuenta años después, aseguró, aquellas consecuencias continúan. Explicó que actualmente realiza tratamiento psicológico y que tanto ella como sus hermanos siguen atravesados por aquella historia.

Ernesto Ceferino Mataboni, hijo de Rubén Ramón Mataboni

Ernesto Zeferino Mataboni tenía cinco meses cuando secuestraron y desaparecieron a su padre, Rubén Ramón Mataboni, el 3 de diciembre de 1976. Era el menor de diez hermanos.

Definió a su padre como un militante “político, barrial, social y obrero”. Rubén Mataboni había ingresado a trabajar en Molinos Río de la Plata en 1974.

Ernesto explicó que reconstruyó la historia fundamentalmente a partir de lo que le contó su madre, Nelida del Valle Delgado, y de los testimonios de numerosos trabajadores de la fábrica. A los 12 años supo lo que le había ocurrido a su padre y a los 14 comenzó por su cuenta una búsqueda que, con el tiempo, se transformó en una investigación familiar sobre la represión a los trabajadores de Molinos.

Reclamos y amenazas dentro de la fábrica

Rubén Mataboni no era delegado gremial, pero, según reconstruyó su hijo, tenía una intensa participación en las demandas obreras y era considerado uno de los trabajadores combativos. Participaba de reclamos por condiciones de salubridad, vestuarios, comedor y salarios. También reclamaban que los trabajadores fueran incorporados al convenio de los aceiteros, ya que algunos se encontraban contratados o tercerizados.

Ernesto sostuvo que, según le había contado su madre, su padre mantenía discusiones por esas demandas con Emilio Parodi. Afirmó además que su madre le había relatado que Parodi citaba a Mataboni a su oficina y lo amenazaba por su actividad. “Lo amenazaba directamente”, declaró. Según aquella reconstrucción familiar, le advertía sobre lo que podía sucederle si continuaba realizando reclamos dentro de la empresa.

Las reuniones de los trabajadores se realizaban muchas veces en la casa de la familia Mataboni porque, según sostuvo Ernesto, dentro de la empresa sufrían amenazas. 

También relató que su padre encontraba signos intimidatorios en su locker: dibujos de ataúdes, flores e incluso balas. Atribuyó esas acciones al personal de seguridad de la empresa, al que los trabajadores llamaban “los bomberos”. Según el relato que recibió de su madre y de antiguos compañeros, esos integrantes de seguridad vigilaban y amedrentaban a los obreros más activos.

La presión habría llegado a tal punto que Mataboni dejó Molinos en mayo de 1976, dos meses después del golpe de Estado.

Las listas

Uno de los puntos centrales de la declaración de Ernesto fue la existencia de supuestas listas de trabajadores señalados. Pudo saberlo a partir de testimonios de antiguos empleados.

Mencionó particularmente a Hugo Lasalle, trabajador administrativo de Molinos y amigo cercano de su padre. Según Ernesto, Lasalle le relató que desde sectores administrativos se confeccionaban listados con nombres de trabajadores.

También mencionó a Fermín González, sobreviviente de uno de los operativos represivos ocurridos en la fábrica. Según el relato que González transmitió años después, durante el operativo militar del 7 de julio de 1976 los integrantes de las fuerzas llevaban una lista que tenía membrete de Molinos Río de la Plata.

González habría visto cómo recorrían sector por sector buscando a determinados trabajadores para subirlos a camiones del Ejército. Según esa reconstrucción, fueron detenidos empleados de distintas áreas: administración, talleres, mayonesa y expedición.

González logró escapar antes de llegar al Puente Pueyrredón, arrojándose del vehículo. Su peripecia también fue relatada por uno de los operarios de Molinos, Guido Almaraz. 

Mataboni señaló que antiguos trabajadores calculaban que en ese operativo pudieron haber sido detenidos alrededor de 80 empleados, aunque dejó claro que se trataba de una estimación surgida de aquellos testimonios.

La persecución de los trabajadores

Mataboni situó la persecución a su padre dentro de una secuencia más amplia. Recordó que “Chiche” Freitas había sido secuestrado el 1 de julio de 1976. Según contó, cuando su madre estaba a punto de ser internada para dar a luz a Ernesto, uno de sus hermanos llegó con la noticia: “Cayó ‘Chiche’”.

Su madre llamó inmediatamente a Rubén y le advirtió que tuviera cuidado porque interpretaba aquel secuestro como una consecuencia de las luchas sindicales que los trabajadores habían desarrollado dentro de Molinos. Luego ocurrieron otros operativos durante julio.

También habló de una Lista Blanca que había disputado la representación sindical dentro de Molinos y que, según esos testimonios, había derrotado a sectores de la conducción sindical tradicional. Su padre, aclaró, no había sido delegado ni candidato de aquella lista, aunque era reconocido como un trabajador activo en las demandas obreras.

El secuestro de Rubén

El 3 de diciembre de 1976 Rubén Mataboni estaba realizando un trabajo de pintura en un departamento ubicado en Larrea y French, en el barrio porteño de Palermo. Con él estaban changueando dos obreros de Molinos, Carlos de Jesús Espíndola y José Luis Salazar. Además, se encontraba Fernando, uno de los hijos de Mataboni, que tenía 15 años.

Según reconstruyó la familia a partir del relato de Fernando, efectivos del Ejército ingresaron al departamento y se llevaron a los trabajadores y al adolescente. Los separaron. Espíndola fue bajado por la escalera, mientras Salazar y Fernando fueron trasladados por el ascensor. Durante el operativo golpearon y maltrataron al adolescente, quien décadas después pudo contar lo sufrido ante la Justicia.

A la espera de su papá, la patota se llevó a Fernando dentro de un auto, en donde lo tuvieron encerrado circulando por las calles durante horas con una ametralladora apuntándole a la cabeza. En determinado momento, Fernando escuchó una comunicación por radio: “El pájaro grande ya cayó en la jaula”. 

Después de esa comunicación, los militares preguntaron qué debían hacer con “el pibe”. Finalmente Fernando fue liberado. Rubén Mataboni continúa desaparecido, al igual que Espíndola y Salazar.

El posible paso por un centro clandestino

Muchos años después, la familia recibió información sobre el posible destino de los trabajadores. Según explicó Ernesto, un expolicía declaró haber visto en diciembre de 1976 a varios obreros de Molinos detenidos en un centro clandestino. El testimonio mencionaba a Espíndola, Salazar y Vázquez, además de un cuarto hombre que se encontraba gravemente golpeado y prácticamente imposibilitado de hablar. Ernesto dijo que conserva la esperanza de que aquel cuarto detenido haya sido su padre. Sus restos nunca fueron encontrados.

“Todavía no hemos podido darle cristiana sepultura a mi padre”, declaró.

La búsqueda y la miseria 

Después de la desaparición, Nélida del Valle Delgado quedó sola con diez hijos. Junto con Marta Mataboni, su cuñada, presentó habeas corpus y recorrió ministerios, cuarteles y dependencias de la Iglesia Católica buscando información.

Ernesto contó que durante esas gestiones su madre fue golpeada por militares y que perdió buena parte de su dentadura como consecuencia de esas agresiones. También le rompieron documentación personal, que recién pudo volver a tramitar después del retorno de la democracia. Nélida iba a ser una de las testigos de la causa iniciada por la familia, pero murió en 2013.

Una parte importante del testimonio de Ernesto remarcó las consecuencias económicas y familiares de la desaparición. “Imagínense una mujer de 39 años con el mayor de 15 años y yo, el menor, con cinco meses”, planteó ante el Tribunal.

La desaparición del sostén familiar dejó a la familia en una situación extrema. “No fue pobreza. Miseria total”, definió. Recordó que la comida debía repartirse entre los hermanos y que los mayores muchas veces dejaban parte de sus raciones para que pudieran comer los más chicos. Los hermanos que iban a la escuela compartían guardapolvo. Ernesto recordó que alguna vez tuvo que ir a la escuela con el guardapolvo de una de sus hermanas y que sufrió burlas por eso.

Desde los nueve años comenzó a trabajar. Como vivían a dos cuadras del cementerio de Avellaneda, él y algunos de sus hermanos limpiaban placas, llevaban agua o cargaban flores para obtener algo de dinero. “Desde los nueve años hasta ahora, trabajé sin parar”, resumió. Ernesto vinculó esa historia familiar con la persecución sufrida por su padre y cerró su declaración con una frase dirigida al Tribunal:

—Solamente esperamos justicia por nuestros obreros de Molinos Río de la Plata.

Recuerdo de un secuestro

Jorge Palacios trabajó en Molinos Río de la Plata entre 1971 y 1987, en la planta de Avellaneda. En 1976 se desempeñaba en la sección Margarina. Allí conoció a Francisco Fernández. Lo recordó especialmente porque Molinos había sido el primer trabajo de Fernández y, cuando ingresó a la empresa, fue destinado a la misma sección y al mismo turno que él. “Entró después que yo, en la sección que estaba yo y en el horario que estaba yo”, contó.

Tiempo después, Fernández fue trasladado al sector de Mantenimiento y, desde entonces, dejaron de tener contacto cotidiano. Sabía que a Fernández le interesaba la organización en torno de reclamos para mejoras en las condiciones de trabajo en la planta de Molinos. Palacios recordó las dos tomas de fábrica que los trabajadores organizaron para reclamar por aquello. 

La mañana en que vio a Fernández

El testigo reconstruyó también lo que recordó de la mañana en que Fernández fue secuestrado. Aquella semana, él trabajaba en el turno mañana. Antes de entrar a la fábrica, él y otros empleados tenían la costumbre de encontrarse en un pequeño bar ubicado aproximadamente a una cuadra de la planta. Allí tomaban café y luego caminaban juntos hacia Molinos. 

Esa mañana Fernández estaba en el bar, pero salió antes que el grupo del testigo y se dirigió hacia la fábrica. Poco después ellos hicieron lo mismo. Al llegar a las inmediaciones de la planta, Palacios advirtió un automóvil estacionado frente a la entrada, algo que le llamó la atención porque “quienes venían en auto lo dejaban en un estacionamiento ubicado aproximadamente a una cuadra”. 

Palacios recordó que él ingresó normalmente, que marcó su tarjeta y continuó hacia su sector, sin saber qué había ocurrido con Fernández. En “Margarina” se cambió y comenzó su jornada frente a la maquinaria. “Ahí comentaron que se habían llevado a un muchacho. Y yo digo ¿cómo? Y me dicen ´se llevaron a un tal Fernández´. Fernández me sonaba, era él, este muchacho que había estado trabajando con nosotros. Ese mismo día también escuchó comentarios acerca de que habían sido llevados trabajadores de la sección Expedición”, relató.

Durante su testimonio explicó que en la entrada estaban los integrantes de vigilancia interna, conocidos entre los trabajadores como “los bomberos”, que controlaban que cada empleado fichara correctamente. Tenían una oficina cerrada junto al lugar donde se marcaban las tarjetas.

Guido Almaraz: organización obrera, persecución y el secuestro de su hermano

Guido Almaraz fue el último testigo de la jornada. Fue operario de la planta de Avellaneda de la alimenticia hasta mediados de 1976. Su hermano Ricardo Almaraz, que también lo era, fue secuestrado y continúa desaparecido. La misma suerte corrió su cuñada, la compañera de Ricardo. 

Lo primero que destacó Almaraz durante su testimonio es que las condiciones de trabajo en la planta de Molinos de Dean Funes 90 eran “lamentables”: faltaban baños, lugares adecuados para comer y espacios donde los trabajadores pudieran higienizarse después de la jornada. Frente a esa situación, un grupo de obreros comenzó a organizarse para reclamar mejoras.

La protesta fue creciendo hasta desembocar en paros y tomas de la fábrica. Almaraz ubicó una primera toma entre septiembre y octubre de 1974, y una segunda entre febrero y marzo de 1975. Destacó que los obreros de Molinos no contaban entonces con el respaldo del sindicato de Aceiteros, pero que de todos modos fueron avanzando en la organización hasta lograr una comisión interna que negociaba directamente con representantes de la patronal. Entre quienes intervenían en esas conversaciones mencionó a Emilio Parodi.

Reuniones fuera de la fábrica

Almaraz explicó que los trabajadores no podían reunirse libremente dentro de Molinos.

Antes incluso de que se constituyera la comisión interna, Avelino “Chiche” Freitas y Ricardo, hermano del testigo, propusieron comenzar a encontrarse fuera de la planta. Las primeras reuniones se realizaban en un bar. Según su testimonio, la imposibilidad de organizarse dentro de la empresa tenía que ver con la vigilancia que sufrían los trabajadores más activos.

“Éramos perseguidos dentro y fuera de la fábrica”, sostuvo.

Ese control, aseguró, era ejercido principalmente por “los bomberos”, anteriormente mencionados por Palacios. La descripción de sus funciones, no obstante, fue más amplia. Los ubicó como una suerte de policía dentro de la planta —“buchones” los llamaría luego— y afirmó que transmitían información sobre los trabajadores a Parodi. “Uno andaba con mil ojos”, recordó sobre aquellos años. La sensación de vigilancia continuaba incluso fuera de la fábrica: si veía algún movimiento extraño mientras caminaba por la calle, explicó, prefería entrar a un bar o modificar su recorrido.

“Todo el mundo sabía que había listas negras”

Almaraz sostuvo que dentro de Molinos era conocida la existencia de trabajadores señalados por su participación gremial o política. Según explicó, para los obreros era algo asumido que existían “listas negras” y que esa información estaba en manos de la Jefatura de Personal. “Todo el mundo lo sabía en la fábrica”, declaró. 

En ese sentido, el testigo vinculó esa vigilancia interna con los secuestros que comenzaron a sufrir los trabajadores después del golpe de Estado. En particular mencionó el caso de Avelino Freitas, secuestrado cuando se dirigía a trabajar. Para Almaraz, el hecho de que quienes realizaron el operativo conocieran su identidad, sus movimientos y sus horarios demostraba que habían contado con información precisa.

“Al que agarraron en la calle sabían que era Chiche Freitas. Para mí era obvio que la empresa había dado detalles”, sostuvo.

El hermano activista 

Ricardo Almaraz, hermano de Guido, trabajaba en Molinos y participaba de la organización obrera. Una semana antes de ser secuestrado, contó el testigo, fue citado por el área de Personal. En aquella oficina, reconstruyó Guido, le colocaron un cheque delante. 

“Almaraz, usted se tiene que ir de la fábrica. Ponga los ceros que quiera, pero se tiene que ir”, le dijeron. Ricardo no aceptó negociar. Una semana después fue secuestrado.

El secuestro ocurrió el 7 de julio de 1976. Guido Almaraz recordó que fue una vecina quien le advirtió que debía ir urgentemente hasta la casa de su hermano, que la noche anterior, le contó, el lugar había estado rodeado de policías y soldados. Cuando llegó, encontró la vivienda vacía y abierta. “Se habían llevado a mi hermano”, relató. Junto con Ricardo Almaraz fue secuestrada su esposa, Celia Arzamendia Díaz.

La pareja tenía un hijo de apenas ocho meses. Los integrantes del operativo dejaron al bebé en la casa de unos vecinos de enfrente. Después del secuestro, la madre de Guido y Ricardo se hizo cargo del niño y terminó criando a su nieto.

Almaraz relacionó el operativo directamente con la persecución que, según afirmó, su hermano había sufrido previamente dentro de Molinos. Para el testigo, la secuencia —su participación en los reclamos obreros, la vigilancia, la convocatoria a Personal, la exigencia de que abandonara la empresa y el secuestro ocurrido apenas una semana después— no podía analizarse como hechos separados.