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viaje al mundo wichí

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El referente wichí de Ingeniero Juárez, que lleva más de tres meses preso, sufrió el jueves una visita inesperada: la policía provincial ingresó a su celda de manera violenta. Santillán recibió ayer de manera indirecta una amenaza. Alguien le hizo llegar a la Alcaidía mixta de Las Lomitas, donde está privado de su libertad, un mensaje llamativo y alarmante: “Agustin, cuidate y hablá con tu gente porque los del gobierno te quieren matar”. (Por La Retaguardia) Según pudo reconstruir La Retaguardia, los hechos ocurrieron el jueves por la tarde. No es habitual que la policía provincial ingrese a la Alcaidía a realizar una tarea que bien pueden hacer las autoridades del lugar. Quizá sea el juego del bueno y el malo. Lo cierto es que el ingreso no fue pidiendo permiso. Entraron, lo insultaron y le desordenaron todas sus cosas, las pocas que se pueden tener en un lugar de detención; una escena de las que se podría ver en cualquier película yankee de cárceles. Formosa tiene un toque cinematográfico rodando en su cotidianeidad. Eso sí, el guionista es de cuarta.Pero la requisa no fue el final. Cuando ya los policías se habían ido, a Santillán le acercaron una advertencia: “Cuidate y hablá con tu gente porque los del gobierno te quieren matar”. También le dijeron que mientras estuviera preso se cuidara, fundamentalmente de noche. En un Estado policial y de persecución sistemática como Formosa, es difícil saber cuándo se trata de una advertencia amigable o si es una amenaza directa en formato amigable.A Agustín Santillán, preso político del gobierno de Insfrán, le dicen que no les alcanza con verlo preso y aislado, le aseguran que lo quieren muerto. Por lo que pudimos ver en nuestra corta recorrida, a los que no están presos, también los quieren muertos. Eso tiene una sola definición que podrá sonar exagerada y que no es una novedad para quienes conocen la realidad de los pueblos originarios en Argentina. La definición duele, pero no queda otra que aplicarla en este caso. Esto se nombra de una sola manera: genocidio.

Mataco sucioMataco hediondoVieja cochinaEso escucha Claudia cuando camina por las calles de Ingeniero Juárez. Matacos es la manera despectiva de nombrarlos tras la conquista; la que muchos aprendimos en la escuela. En ese rincón de Formosa, la provincia con más población originaria del país, mujeres y varones wichí se tienen que aguantar cosas como estas todos los días. (Por La Retaguardia) Eso, o aún peor, soportan que los baleen, como hacen los policías en algunas ocasiones. Todavía no habíamos podido procesar la indignación que sentíamos al ver a Santiago, con sus 19 añitos, tirado en la cama después de perder el ojo por una bala de goma policial disparada a poca distancia, cuando su mamá nos contó que a su marido también le habían hecho lo mismo el año anterior: “el papá de Santiago también no tiene ojo. Lo balearon. Se había ido a buscar leña. Cuando vino dijo que se paró en el asfalto y el alguacil le pegó ahí”. El papá de Santiago también perdió un ojo por una bala policial No nos atrevemos a hablar de casualidades, sería demasiado inocente pensar que a dos miembros de la misma familia les puede ocurrir lo mismo con idénticas consecuencias en tan solo un año. Claudia dice que es sistemático, aunque lo diga con sus palabras, haciendo un gran esfuerzo por hacerse entender en español mientras su hijo mayor le susurra frases en su lengua para que no se olvide de contar nada. “Después tengo un changuito que tiene bala, acá en el collar”, agrega esta mujer originaria, grandota y morocha, señalándose el cuello y haciendo gestos para que su hijo mayor nos mostrara la ropa que llevaba puesta otro de sus cinco hijos, el que aún conserva las balas de goma bajo su piel, porque su hermana no pudo quitárselas cuando lo auxilió.Solemos decir que el Estado está ausente cuando vemos personas, familias y comunidades viviendo en esas condiciones, pero estos episodios sistemáticos dan cuenta de la presencia constante del Estado a través de su aparato represivo garantizando que los wichí sientan miedo cada día de su vida. “Acá la policía no nos respeta a nosotros. A mi no me gusta denunciar. No respetan a las mujeres y le hacen así el dedo (levanta su dedo medio imitando el gesto) y le tratan de todo. Nos tratan mataco sucio, mataco hediondo y a nosotros no nos gusta eso porque nosotros no molestamos a nadie. Nosotros queremos casa. No tenemos nada. Hay veces que mi hijo se va al retén de policía porque tienen que balear, lo tiene que balear el policía. Casi se muere, pero Dios es grande. Dios es grande. Yo quiero que nos respeten a nosotros la policía. No se puede pasar, ni salir para buscar leña ni para comprar carne, nada. Nos dicen mataco sucio, mataco hediondo, vieja cochina, todo te dicen. No sé, yo no puedo entender eso también. Nosotros somos cristianos”.Claudia nació en el monte, y desde muy niña comenzó a trabajar. Luego se mudaron a Ingeniero Juárez –ciudad a la que la sabiduría popular nombra Ciudad Juárez- y desde hace diez años vive en el barrio 50 viviendas, desde que la comunidad wichi decidió, en 2007, tomar las casas que el instituto de la vivienda de Formosa había construido en sus tierras sin su consentimiento, para que fueran habitadas por familias criollas.“Yo soy lavandera de todo el pueblo. Soy una mujer que le gusta trabajar de chiquitita: planchar, lavar, carpe, palear. Nosotros tenemos intendente, pero yo nunca le pedí algo al intendente. No, nada. Te tratan mal, patean, todo hacen. No sé, yo no tengo mamá y no tengo papá. Yo soy una mujer solita y tengo que trabajar para darle de comer a mis hijos”.La voz de Claudia se quiebra y llora sin consuelo, parada junto al marco de la puerta de la habitación de la que su hijo no sale desde hace meses, porque apenas puede incorporarse de la cama. “Yo veo a mis hijos que están tirados, mi marido también que le sacaron el ojo”, insiste.Como en el resto de las casas que visitamos, nos preguntamos cómo hacen para sobrevivir. Claudia ya no trabaja porque tiene una hernia que se lo impide. “Yo tengo pensión de $700. Con esito compro para comer”, explica casi con resignación.Todas las personas que viven en esa casa están shockeadas todavía por los ataques que sufrieron y asustados por la presencia policial: “todas las noches caminan, caminan y caminan con caballos. Así se va a la esquina. Gritan. Los chicos se sientan. Hay veces que yo quiero salir y ahí gritan mujer y no nos respetan a nosotros. Salgo afuera y ya me chiflan. Me silban, todo hacen. No puedo pasar. No es lindo que hagan así con nosotros. No se puede vivir así. No sé cómo terminará.”.Las comunidades wichí de Ingeniero Juárez están más desamparadas desde que Agustín Santillán está preso, por su solidaridad cotidiana que Claudia rescata: “Hay otro que está preso. Nada que ver con el problema que hacen. No tiene que estar preso. No es él. Lo culpan. Él es el cabecilla de toda la comunidad de nosotros. Trae alimentos, trae de todo. Ahora no hay nada, porque él no está. Se lo llevaron porque dicen que es él que hace, pero no, no es él. No sé por qué está preso. La policía no nos respeta a nosotros”. DESCARGAR

Sabíamos quién era y qué le había sucedido porque publicamos su foto de aquel día en que un policía lo baleó en el ojo, antes de la detención de Agustín Santillán, para ilustrar una charla con Gabriela Torres, la esposa del líder wichí. (Por María Eugenia Otero y Fernando Tebele para La Retaguardia) La numerosa familia nos esperaba con ansiedad en el Barrio 50 viviendas, una construcción en tierras wichí recuperadas hace unos diez años. A partir de nuestra llegada, la fila comenzó a hacerse más extensa porque otras personas se acercaban para que escucháramos lo que querían denunciar. Nos pasó eso todo el día en Ingeniero Juárez. Su mamá nos saludó con mucha calidez y nos acompañó hacia el interior de la casa precaria en la que viven, porque él no podía esperarnos afuera como los demás. Lleva una especie de turbante enorme sobre la cabeza, tiene la piel oscura, los ojos grandes y una mirada de desesperanza que, sabemos, no vamos a poder consolar.Santiago Torres, su hijo, tiene 19 años y está tirado en su cama. Apenas puede incorporarse. Forzado por su hermano mayor que le dice algo en su lengua, queda casi sentado sobre el colchón raído del que no se mueve desde que ocurrieron aquellos hechos que están intactos en la memoria de todos los habitantes de la casa. Relatan una y otra vez la escena del momento en que traen a Santiago ensangrentado con el disparo en el ojo. Nos llevan por la casa para mostrarnos el recorrido que hicieron “cuando se lo traíamos a la mamá”. Van a buscar la remera que su otro hermano llevaba puesta aquella vez, completamente agujereada por las balas de goma. Luego lo veríamos también a él, que tiene perdigones de goma todavía bajo la piel, porque su hermana no pudo quitarle todos cuando lo curó.Santiago es la imagen de la desprotección. Yace a la espera de mejor no saber qué, sin atención médica, con un pañuelo enrrollado alrededor de la cabeza que juega el papel de un parche, pero que no llega a tapar la herida. Alcanzamos a ver cómo supura. Él dice que también ve poco con el otro ojo. Decidimos no fotografiarlo. Cero en periodismo, pero nos resulta invasivo para con una persona que no tiene muchas ganas de hablar. -La Retaguardia: ¿Qué fue lo qué pasó esos días antes de la detención de Agustín Santillán?-Santiago Torres: Yo me iba a defender nomás. (Quería) sacar a los changos para que no hagan problema. Por defenderme terminaron disparando. Por eso, por sacarlos para que no hagan problema-LR: ¿Quién disparó?-ST: Un policía. Uno solo era.LR: ¿Podés identificarlo?-ST: Sí, lo conozco. Chamorro se llama. Es su nombre.-LR: ¿Costó que te atendieran en algún hospital?-ST: No, no costó nada. Me atendieron bien. En Formosa (Capital) me atendieron.-LR: ¿Te detuvieron?-ST: Quedé herido nomás. No podía ver nada. Recién estoy viendo un poco. Perdí un ojo. Estoy viendo poco, por la mitad nomás.-LR: ¿Se sabe con qué te pegaron?-ST: Bala de goma era. Me sacaron la bala que tenía ahí adentro.-LR: ¿A qué distancia estaba el policía cuando te tiró?-ST: Acá nomás, de esa puerta, más allá (6, 7 metros). Yo le he mirado bien los ojos y el me disparó viéndome a los ojos. Ahí caí y ya no supe más nada.-LR: ¿Qué estaba pasando ese día cuando fuiste a sacar a los chicos?-ST: No sé nada yo. Yo iba a sacarlos nomás para que no hagan nada. Ahí adentro estaba yo. De ahí había escuchado los tiros y me he ido corriendo a sacar a los changos para que hagan nada. -LR: ¿Eso fue el día que quemaron la casa de aquí enfrente?-ST: No, después (quemaron la casa). Estábamos en Formosa con mi papá.-LR: ¿Estos problemas con intervención de la policía vienen hace tiempo?-ST: Sí.-LR: ¿Y cómo sigue tu vida ahora?-ST: Mejor. Estoy acostado y sentado acá adentro nomás.-LR: ¿Estás bien atendido? ¿Te están viendo médicos?-ST: No, nada. No me atienden. -LR: ¿Antes de que te pasara esto ibas al colegio?-ST: No, nada. No sé nada–LR: ¿Terminaste la secundaria? -ST: No.-LR: ¿El primario?-ST: No, nada. No sé leer, nada.-LR: ¿Cuántos hermanos son?-ST: Cinco somos.-LR: ¿Pensás que esta situación de impunidad de la policía va a cambiar? -ST: No sé nada. No sé qué pienso. Nada. Después vendrá un diálogo acongojado con su mamá, la del turbante, que nació en el monte y toda su vida trabajó como lavandera. Ahora no sabe qué hacer, no sabe cómo proteger a su familia. La del incendio de la vivienda de Chamorro tras haber herido a Santiago y a varios más, es una de las tantas causas que tiene Agustín Santillán. Chamorro, en cambio, no tiene ninguna.  DESCARGAR

No sabemos por donde empezar. Si por la historia del pibe de 19 años baleado en el ojo por la policía y que apenas puede levantarse de su cama; por las condiciones de vida precarias en la que viven las comunidades wichí de Ingeniero Juárez; o si quizá sea mejor comenzar por la angustia con la que nos fuimos de Juarez luego de lo que vimos y por no saber qué hacer para aportar a modificar esa realidad triste. (Por María Eugenia Otero y Fernando Tebele por La Retaguardia) Fotos: María Eugenia OteroNo sabemos si para comenzar esta serie de notas deberíamos narrar la necesidad de hablar que tienen, que se tradujo en filas de personas esperando para que registráramos sus testimonios en cada barrio al que fuimos, casi como si fuéramos una campaña de vacunación, que seguramente también haría falta; tal vez sería conveniente volver a contar en detalles cómo es andar por todos lados con la policía rondándonos todo el tiempo para ver dónde íbamos y con quién hablábamos, pero no queremos tampoco que esa situación sepulte lo más importante: cómo viven las personas que sobreviven allí. Entonces volvemos a pensar si no conviene arrancar por el agua turbia que tomaban los niños y niñas para paliar lo que para nosotras era calor, y para ellos un invierno aliviador; o por la bronca que sentimos cuando confirmamos lo que ya sabíamos: que el juez Marcelo López Picabea, que debía estar de feria pero decidió subrogarse a sí mismo, ni siquiera respondió al pedido formal que hizo el abogado Daniel Cabrera para que pudiéramos ver a Agustín Santillán, que expresaba allí su voluntad por atendernos. No tiene ese derecho, uno más de todos los que le vulneran cada día que pasa en prisión, en su celda en la que ahora tiene el privilegio de contar con un baño, y ya no tener que juntar la mierda y la orina en un balde, como hasta hace unas semanas. No nos da el alma para narrar la mirada de esa mujer a la que se le murió su hija por una enfermedad evitable, como casi todo lo malo que ocurre en las comunidades; o por la indignación que da ver cómo el cementerio ancestral está alambrado, porque tiene “dueño”, y si se te muere un bebé, que quizá no tenga DNI, lo tengas que enterrar en el fondo de tu casa porque en el cementerio municipal es un nadie.Nos dan ganas de iniciar cualquier relato de nuestra corta pero inolvidable estadía en Formosa con el cariño, las empanadas y el dulce de naranjas agrias con que nos recibieron las compañeras y compañeros de la APDH; o por la preocupación constante que nos demostraron cada una de las hermanas y hermanos wichí, conociendo el peligro que implicaba pretender contar lo que vimos. O con las hermosas artesanías que no nos dejaban comprarles porque nos las querían regalar. Podríamos empezar sonriendo por el recuerdo de las mujeres riendo como niñas cuando le pusieron a uno de nosotros el apodo de Polé, mientras nos explicaban que en su lengua quiere decir pelado.Como no sabemos por dónde comenzar la serie de notas que iremos publicando, les dejamos la carta que nos envió Santillán cuando supo que ya no podríamos charlar cara a cara. Carta de Agustín Santillán Hola amigos y hermanos. Les escribo esta carta desde la Alcaidía mixta de Las Lomitas por cumplir en esta fecha 3 meses de mi detención, solo pido a la gente que siempre están atentos a mi situación que me sigan ayudando en la difusión. Solo pido mi libertad me acusan de cosas que no hice. El gobierno de Formosa me mete preso porque para ellos soy una amenaza. Al tenerme encerrado ya hacen lo que ellos quieren con las comunidades. Al que pide o reclama le dicen calmate o calla o te vamos a meter preso. Pido mi libertad porque si me pasa algo, Gildo y todos sus funcionarios son culpables. 3 meses cumple la guerra santa wichí y la policía de Gildo Insfrán. No como dicen los medios oficiales aborígenes contra criollos. Es la guerra santa wichí con policías de Gildo Insfrán. Atte. Agustín Santillán DNI 29011687