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Puente 12 III -día 8- “Les pedí que le dijeran a mi mamá cuánto la quise”

Escrito por el junio 29, 2023


María Esther Alonso estuvo secuestrada en Puente 12. Relató las torturas, el crimen de su novio y otros padecimientos. En uno de los varios simulacros de fusilamientos, ante la opción de pedir algo antes de que la mataran, pronunció el mensaje del título de esta crónica. 

Redacción: Carlos Rodríguez
Edición: Pedro Ramírez Otero
Foto: Captura transmisión de La Retaguardia

Un mes después del asesinato de su novio, Arístides Benjamín Suárez, militante del PRT-ERP, la sobreviviente María Esther Alonso fue secuestrada y torturada en el centro clandestino de Puente 12. Durante tres días la torturaron con picana eléctrica, la sometieron a simulacros de fusilamiento y también fue objeto de abuso sexual. 

En Puente 12, María Esther Alonso supo de la muerte en la tortura de Víctor Manuel Taboada, con quien había sido secuestrada en noviembre de 1974. Dio testimonio también sobre las torturas recibidas por sus cuñados, Delfa Suárez —pareja de Taboada— y Dalmiro Suárez. De Puente 12 la llevaron al Pozo de Banfield y luego a la cárcel de Olmos, donde recuperó su libertad en marzo de 1975. Su cuñada Delfa y Delfina Morales, otra de las víctimas, estaban embarazadas al momento de su secuestro. 

En la octava jornada del juicio Puente 12 III, Alonso relató que fue secuestrada el 13 de noviembre de 1974, junto con Víctor Manuel Taboada. Explicó que tenía una relación familiar con Taboada, porque era el esposo de Nelfa Suárez, cuñada de la testigo. Nelfa era “la hermana de Arístides Benjamín Suárez, quien había sido mi novio y que en ese momento ya había fallecido”. Precisó luego que había muerto “en una acción militar del PRT”. 

La sobreviviente dijo que también conocía a Dalmiro Ismael Suárez, “hermano de Nelfa y de Arístides que era un poco mayor que nosotros”. 

Ante una pregunta del presidente del Tribunal Oral 6, Daniel Obligado, relató que en la tarde-noche del 13 de noviembre de 1974, fue secuestrada junto con Taboada “cuando entramos al pasillo de una casa” ubicada en las calles San Martín y Lamadrid, de la localidad bonaerense de Bernal. En ese momento “apareció un agente y otros hombres vestidos de civil con armas largas”, que por lo visto los habían estado esperando.  Los obligaron a subir a un auto Falcon blanco y los hicieron acostar en el piso, en la parte de atrás. Los trasladaron a la comisaría de Bernal. Le preguntaron a ella cuál era su relación con Taboada, dijo que era circunstancial, no le creyeron y la dejaron encerrada en una celda cerca de dos días. Estuvo sola, recostada en el piso, con la única compañía de un policía que la vigilaba. 

El segundo día apareció en el lugar un hombre que se identificaba como “el coronel” y que “ingresó brutalmente y me golpeó”. Dijo estar muy enojado porque “lo habían llamado un sábado para que venga a matar a unos subversivos”. A ella le ataron las manos y le sacaron el reloj que llevaba porque ya no lo iba “a necesitar más”. La sacaron de la celda a empujones y la subieron a la parte de atrás de una camioneta. En el vehículo había otras cuatro o cinco personas. En ese momento escuchó que una de esas personas le preguntaba: “Gallega, sos vos?”. 

Ella reconoció la voz de su cuñado Dalmiro Suárez y le preguntó: “Dalmi, ¿dónde estás?”. Apenas dijo esas palabras le dieron “un golpe terrible para que me calle y yo me asusté muchísimo”. 

Por la noche llegaron a un lugar que no pudo reconocer en ese momento. Ella estaba “vendada y atada así que no me podía mover”. Al bajar de la camioneta la llevaron a lo que suponía era un galpón “grandísimo y precario”. En ese lugar sufrió “una nueva etapa de maltrato y tortura”. Precisó que le “pasaban corriente, eso que se llama la picana, estaba sin ropa, me la pasaban por los pies, por todo el cuerpo, por los pechos, en los dientes”. 

Advirtió la presencia de otras personas y dos de ellas eran “Víctor y Dalmiro”. En ese lugar la torturaron muchas veces y le preguntaban “por personas,  pero concretamente por nada, muy incoherente todo, me preguntaban sobre reuniones, nada concreto y yo no tenía conocimiento de nada”.

Cuando el juez Daniel Obligado le preguntó sobre su militancia, respondió: “Yo no me considero militante, trabajaba y estudiaba, tenía una participación en los talleres por la agremiación en la Federación Gráfica Bonaerense y tenía simpatía política por ideas de izquierda”. Sobre el final dijo que repartía volantes y hacía pintadas. 

El fiscal Esteban Bendersky le preguntó con quién vivía en la casa de Bernal y ella dijo que hacía un mes les habían “prestado esa casita”. Allí estaba con Dalmiro, Nelfa Suárez, Delfina Morales y con Víctor Taboada, a quien ella conocía como “Toto”. 

En el momento de los hechos ella tenía 28 años y mucho miedo. “Cuando murió mi compañero, Ari, en una acción militar del PRT, pensamos que nos iban a venir a buscar” a todos los integrantes del grupo familiar y por eso se mudaron a esa casa. Sobre la muerte de su compañero, dijo que ocurrió en octubre de 1974, menos de un mes antes de la detención de ella.

La testigo estaba visiblemente nerviosa, dijo que no quería “entorpecer” la audiencia y pidió disculpas. El fiscal le dijo que se quedara tranquila y le preguntó si Nelfa y Delfina también habían sido llevadas al mismo lugar.

María Esther explicó que cree que a ellas las dejaron en la misma comisaría de Bernal y que sufrieron torturas. “Las chicas estaban con la panza, Nelfa estaba esperando el bebé y Delfi a las mellis”, contó. Dijo creer que a ellas las amenazaron con “sacarles las nenas”. 

Cuando le preguntaron si había podido identificar cómo se llamaba el lugar donde ella fue torturada, respondió: “Yo identifiqué mucho después (cuando retornó la democracia) que eso era la zona de Puente 12 o Proto Banco”, como se conoce al centro clandestino de tortura y exterminio. Aclaró que ella nunca volvió a ese lugar, pero que Dalmiro Suárez lo reconoció porque estuvo muy involucrado en la tarea de investigación de lo ocurrido con ellos. 

Confirmó que Dalmiro fue torturado en Puente 12: “Lo maltrataban, lo llevaban y traían, y como les respondía de forma ‘incorrecta’ según ellos, era muy castigado”. En cuanto a Víctor, afirmó que “lo tenían amarrado y cuando lo torturaban (…) Victor les decía de todo”. Describió al centro clandestino de secuestro y tortura como “un ambiente espantoso, denso, con olores espantosos, indescriptible, personas muy violentas ensañándose con nosotros” y en tales circunstancias “Víctor me defendía, les decía que yo no tenía nada que ver, los enfrentaba”. 

Agregó que “era un pibe de  menos de 30 años que como los enfrentaba y les decía que no les iba a decir nada, lo hicieron pelota y a Dalmi también lo traían hecho pelota pobrecito”. 

Sobre sus propios padecimientos en la tortura, señaló que a ella le daban a tomar “algo con gusto a remedio porque me lastimaron mucho los pechos, me ponían algo en la oreja que me producía mucha presión como si fuera agua y me golpeaban”. También la sacaron a un patio, igual que a otros secuestrados, y le hicieron un simulacro de fusilamiento. “Me decían que dijera mis últimas palabras porque me iban  a matar”, recordó. La hacían arrodillar y la apuntaban con un arma. Como pensaba que eso realmente iba a pasar, en una oportunidad “les pedí que le digan cuánto la quise a mi mamá, con la que yo a veces me peleaba”. El recuerdo la hizo sonreír un instante, con un gesto con el que parecía pedir disculpas por esas rencillas familiares. 

Después de esto la llevaron nuevamente adentro y recordó que “los muchachos ya no estaban ahí”, en referencia a Víctor y a Dalmiro. 

Estaba rodeada por un grupo de guardias y comenzó “una situación de abuso muy asqueroso para ‘divertirse´ un rato ya que estaba ahí, abuso sobre mi cuerpo”. Comentó que en algunos momentos parecía perder el conocimiento y cuando “volvía” en sí, no podía recordar lo que había pasado. Ella siempre permaneció con los ojos vendados, de manera que no tiene “imágenes” sino “lo que percibía y escuchaba”. Aclaró que no sabe si la drogaban o la noqueaban con los golpes. 

En otro momento estuvo en una “celdita chiquita, con una ventanita alargada por donde se filtraban los ruidos del campo”. Desde ese lugar “escucho muy cerca una persona que se está muriendo asfixiada, como que no le entraba el aire, era un hombre”, que ella cree que era Victor,  “supongo que era él”.

El recuerdo de este hecho la angustió al punto de tener que interrumpir su relato virtual. En su casa fue asistida por una persona que la acompañaba y pudo continuar su testimonio. 

Para tranquilizarla y evitarle un esfuerzo de memoria que pudiera afectarla, el fiscal Bendersky le señaló que un testimonio suyo anterior, en la causa Brigadas, ya está incorporado a esta causa. La respuesta de la testigo fue una dulce sonrisa y su deseo de continuar “luego de respirar y tomar agüita”. 

Su primera respuesta, después del repentino malestar, fue dar su consentimiento a que sean investigados los abusos a su integridad sexual relatados por ella. “Yo estoy dispuesta a aportar lo que pueda”, dijo. Estimó que la retuvieron tres días en Puente 12 y al reanudar la mención al hombre “en estado terminal” que ella cree que era Víctor, contó que en un momento hubo una gran movilización dentro del campo para sacarlo de allí porque estaba en estado crítico. Después sobrevino “un gran silencio”. 

De Puente 12 la llevaron al Pozo de  Banfield, pero no recuerda mucho del traslado porque había perdido “la conciencia del hambre, del frío, hasta que llegó a Banfield, pero no sé ni cómo llegué”. De a poco fue recuperándose. 

Sobre su estado de salud, dijo que como tenía vendados los ojos no podía ver su cuerpo, pero escuchó que le advertían: “’No te tapes porque estás toda lastimada’, pero yo no sentía nada”. Al mismo tiempo “no me daban agua ni nada porque decían que me podía dar una convulsión”. 

Ella, como otras sobrevivientes, recordó al guardia que la trataba mejor que otros y que parecía querer cuidarla por estar herida. Era un perverso con disfraz de amable, que le decía: “Mira si un día nos encontramos en la calle, podemos tomar una cerveza”.

Cuando le quitaron las vendas, cegada por volver a ver la luz, le hicieron firmar una declaración “en la que yo decía que era culpable de un montón de cosas”. 

En el Pozo de Banfield  vio a varios secuestrados como ella: “Mi cuñada (Nelfa), embarazada; Dalmiro; Susana Beatriz Mata, mamá de Alejandrina Barry (actual legisladora porteña); y el marido Alejandro Barry”. Cuando salió del Pozo de Banfield la llevaron a un juzgado de La Plata para que prestara declaración en la causa que le habían armado y luego la trasladaron a la cárcel de Olmos. 

En el juzgado le preguntaron si sabía de alguna causa en la que estuviera involucrado Víctor Taboada. La hicieron pasar a otra habitación y en un momento dado, cuando quedó sola, por curiosidad miró algunas de las carpetas que había sobre un escritorio. Una de ellas decía: “Víctor Manuel Taboada: su muerte”. Recién allí supo “que se llamaba Víctor Manuel, yo lo conocía como Toto”. Allí empezó a comprender lo que le había pasado y aunque ya había hecho una declaración en la causa, pidió agregar datos y contó todo lo que le había sucedido. 

Dijo que la liberaron el 11 de marzo de 1975 y que tuvo miedo de “salir de la cárcel y que en la esquina me agarren de nuevo”. Trató de comunicarse con alguien que pudiera ir a buscarla, pero como no lo logró, cuando se hizo de noche “agarré mi bolsito y me fui”. Fue en colectivo a La Plata y después en tren a Don Bosco, a la casa de una vecina porque no había nadie en la de su familia. Sobre el final, el fiscal le preguntó si conocía a algunas personas que le fueron nombradas. Dijo que le sonaba el nombre de Alfredo Maniachian porque conocía a su esposa Nelly. Dijo que a Alfredo “lo habían detenido junto con otros chicos en un operativo de la Triple A”. También dijo que conocía a Roberto Leonardo, pareja de Silvia Negro, quien en ese momento estaba embarazada. 

Sobre su actividad política, dijo que se desarrollaba en Lanús y la zona sur del conurbano. “Se limitaba a lo propagandístico, a repartir volantes, a vender la prensa en la zona fabril o a realizar pintadas con aerosol”, contó. En el cierre dijo: “Gracias a todes, que se haga justicia, nunca más”.


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