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La Retaguardia

COMENZARON LOS TESTIMONIOS EN EL JUICIO MOLINOS RÍO DE LA PLATA

Por LR oficial en Derechos Humanos, Lesa Humanidad, Molinos Río de la Plata - publicado el 1 octubre 2026

Con los testimonios de Analía Fernández y Ana María Pérez, hija y esposa de uno de los trabajadores de la empresa secuestrados en la puerta de la planta de Avellaneda, arrancó la etapa probatoria del juicio contra el gerente de personal de Molinos, Emilio Parodi, quien estuvo conectado virtualmente.

“Solamente quiero justicia”, dijo Analía Fernández ante el Tribunal Oral Federal 2 de La Plata. Habían pasado pocos minutos desde el inicio de su declaración, pero esas tres palabras alcanzaron para condensar casi medio siglo de búsqueda. Analía tenía dos años cuando su padre, Francisco Fernández, salió de su casa de Guernica para ir a trabajar a la planta de Molinos Río de la Plata, en Avellaneda. Nunca regresó.

Este martes, durante la tercera audiencia del juicio que tiene como único acusado al ex jefe de Personal de la empresa, Emilio Parodi, comenzó la etapa de declaraciones. Las primeras testimoniantes fueron Analía y su madre, Ana María Pérez: la hija menor y la esposa de Francisco Fernández, uno de los tres trabajadores cuyo secuestro y desaparición se juzgan en este debate histórico. Santos Ojea y Roberto José Rivolta Bonino son los otros dos. 

Frente a los jueces, madre e hija reconstruyeron, con lo que supieron entonces y pudieron saber a lo largo de 50 años de búsqueda, aquella mañana del 6 de julio de 1976, cuando Fernández ingresó a la fábrica, fue apartado antes de llegar a su puesto de trabajo y quedó en manos de un grupo de tareas. También relataron lo que ocurrió después: la confirmación del secuestro dentro de la propia empresa, la búsqueda sin respuestas, la ausencia de ingresos, la crianza de tres hijos y una vida entera marcada por la pregunta sobre qué hicieron con él.

Con voces y recuerdos diferentes, los testimonios de Analía y Ana María estuvieron atravesados por la certeza compartida de que el secuestro de Francisco Fernández y sus compañeros no fue casual. Según plantearon ante el tribunal, Parodi conocía a los trabajadores, había identificado su actividad sindical y sabía quiénes molestaban a la empresa. 50 años después, ambas pudieron sentarse frente a la Justicia para contar las consecuencias de aquella decisión y pedir que el responsable sea condenado.

“Solamente quiero justicia”

“Soy la menor de tres hermanos y vengo a declarar en nombre de mi papá, a pedirles que se haga justicia por su secuestro y desaparición”, abrió su testimonio Analía Fernández. Jeans azules, zapatillas, saco azul, remera con el logo de la empresa alimenticia Molinos Río de la Plata y la foto de la veintena de sus trabajadores que fueron secuestrados durante la última dictadura cívico militar. 

Tenía dos años Analía cuando sucedió aquello que la puso al frente de la lucha de la que su declaración testimonial en juicio oral es acaso el principal mojón: el secuestro y la desaparición de Francisco Fernández, su padre. “Mi papá era un muchacho de 27 años que creía en los derechos y en la justicia social. Militaba en la Juventud Peronista y tenía la convicción de defender los derechos de los trabajadores”, relató. 

Fernández, nacido en Chaco y establecido en la localidad de Guernica, al sur del conurbano bonaerense, militaba en la agrupación “17 de Octubre”, con un peso importante dentro de la Lista Blanca del sindicato de Aceiteros, el más combativo a comienzos de los 70 en el rubro. Ingresó a la planta que Molinos tenía en Avellaneda en 1973 y “a partir de ese momento empezó a organizarse con sus compañeros, a protestar y a manifestar su desacuerdo con la patronal por las condiciones laborales y las situaciones de insalubridad que existían en la empresa”, puntualizó Analía. 

Fue la primera vez que Analía, impulsora de la investigación que derivó en la detención de Parodi, en su procesamiento y su enjuiciamiento, tuvo la oportunidad de hablar frente a un tribunal, un acto reparatorio pero insuficiente. “Les pido a ustedes —les habló a los jueces Nelson Jarazo, Jesica Sircovich y Pablo Wilk— que nos escuchen, a mí y a los testigos, y que comprueben que existen pruebas suficientes para condenar a Parodi por su complicidad con la dictadura. Les pido que sean capaces de actuar de acuerdo con la ley. Hoy estoy yo acá, pero mi papá no tuvo esa oportunidad”, sostuvo hacia el cierre de su exposición que, en varios tramos, sonó a alegato. 

El secuestro

Aquel 6 de julio de 1976, Francisco “salió a trabajar durante la madrugada, a las cuatro de la mañana, como todos los días”. A las seis debía ingresar a la planta de Avellaneda. Según lo que pudo reconstruir del relato que le compartieron compañeros de trabajo de Francisco —Analía trabajó durante años en la identificación de trabajadores de Molinos en tiempos de genocidio y de recolección de sus testimonios—, su papá ingresó con compañeros a la fábrica por Dean Funes 90, la entrada que utilizaban todos los días. Allí había un fichero en el que registraban su ingreso. 

—La ficha de mi papá no estaba. Sus compañeros continuaron hacia sus puestos de trabajo y vieron como a mi papá lo apartaron. Nunca llegó a su puesto. Un grupo de tareas se lo llevó junto con sus compañeros Ojeda y Rivolta— contó. 

El encuentro con Parodi

Ana María, la mamá de Analía, supo del secuestro recién aquel día por la tarde. Fue un vecino que trabajaba en Molinos quien se acercó a la casa familiar y realizó la advertencia. Ambas reconstruyeron aquel momento frente al TOF este martes. “Un vecino que trabajaba en la fábrica vino a decirme que lo habían detenido y que, si quería saber algo más, debía ir hasta la empresa”, resumió Ana María. 

Con Francisco se habían conocido también en el barrio. Tras algún tiempo de noviazgo, se casaron. Aquel julio de 1973 tenían ya tres hijos —Analía era la menor— y Francisco era el responsable de mantener el hogar. “Se fue aquel día a trabajar y no volvió más”, lamentó Ana María. 

“Mi mamá fue a la fábrica y habló con el jefe de Personal, que hoy sabemos que era (Emilio) Parodi”, introdujo Analía. Ana María le preguntó a Parodi si sabía qué había ocurrido. Analía declaró que el entonces jefe de Personal le había respondido que “habían entrado los militares y se lo habían llevado”. Su madre aportó que el acusado le dijo que “no sabía por qué los habían detenido”. 

—Entonces le pregunté: “¿Y yo ahora en qué quedo? Tengo tres criaturas chicas. ¿Qué voy a hacer? Necesitaría un trabajo. ¿Con qué los voy a mantener? ¿Con qué voy a pagar el alquiler de la casa?”— reconstruyó. 

Según el recuerdo de Ana María, Parodi le ofreció que “tal vez podrían” darle algo de dinero de adelanto o quizá algún trabajo. Quedó en avisarle. “Ese llamado nunca llegó”, agregó. 

Acuse de recibo

Para Analía, la respuesta que Parodi le dio a su madre fue un reconocimiento. “Parodi reconoció que dentro de la empresa había un grupo de tareas esperando a un grupo de trabajadores para secuestrarlos. Lo contó como si él no tuviera nada que ver, como si todo hubiera ocurrido por casualidad. Pero sabemos que no fue una casualidad. No se llevaron a mi papá porque sí. Parodi había confeccionado listas con los nombres de los obreros que molestaban a la empresa: activistas y delegados. Los había identificado y los conocía muy bien”, consideró la mujer, quien señaló a Parodi como “el responsable” de los hechos bajo juicio.

—Vengo a pedirles justicia, a pedirles que esta persona sea juzgada y condenada. Él entregó a mi papá y a sus compañeros. Lo planificó antes de julio de 1976. Sabía muy bien a quiénes quería sacarse de encima— remarcó. 

El después

Las dos aseguraron en sus testimonios que nunca más tuvieron información certera sobre lo ocurrido con Fernández. “Nunca supimos adónde lo llevaron, qué le hicieron ni dónde está”, sostuvo Analía, quien no pierde la esperanza de que algún día la llamen del Equipo Argentino de Antropología Forense para avisarle que hallaron los restos de Francisco.  

Tras el secuestro, Ana María comenzó un camino de búsquedas: buscó trabajo —logró ingresar en una escuela como auxiliar—, buscó ayuda en la crianza de sus hijos —su madre, jubilada, la ayudó a cuidarlos—, buscó a su marido: tuvo entrevistas en el Ministerio del Interior y presentó hábeas corpus sin éxito. 

En ese tren, acudió a un médico de familia que conocía del barrio, que había sido intendente de San Vicente. “Fui a verlo al consultorio para preguntarle si tenía alguna noticia o si podía decirme qué hacer”, contó. Dos días después, volvió a verlo tras la promesa del médico de que averiguaría con sus contactos en La Plata. “Me dijo que no lo buscara más, que Francisco había entrado a Campo de Mayo por la Puerta 4 y que de ahí no salía nadie”, recordó. 

La lucha

Cuando creció, Analía comenzó a trabajar en la memoria de su padre. Y a intentar montar un sendero que la llevase hasta la Justicia.  

—En este camino de hacer memoria encontré a Ceferino Mattaboni y a las hermanas Freitas —otros hijos de trabajadores de Molinos secuestrados y desaparecidos—. Empezamos a pensar cómo buscar y encontrar a los trabajadores que habían sido compañeros de nuestros padres. 

Comenzaron a dar charlas y en cada una tiraban una semilla: “Si conocen a alguien que haya trabajado en Molinos, avísenme”, decía. Si alguien se acercaba con un dato allá iba, a averiguar, a conversar. Y así lograron que algunas de esas personas hoy sean testigos en la causa. 

—Una vez, alguien me dijo: “Hablás igual que tu papá”. Fue la primera vez que sentí que le ponía voz. Me emocioné. Me pregunto cómo se habría sentido él al ver el trabajo que estoy haciendo. ¿Qué habría sido de nuestra vida si Parodi no hubiera puesto a mi papá en esa lista?— se preguntó.