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La Retaguardia

“Creían en las ideas, en el estudio, en formarse”

Por LR oficial en Derechos Humanos, Lesa Humanidad, Subzona 15 - Mar del Plata - publicado el 24 febrero 2025

Mariano y Eugenia Sasso tenían 5 y 3 años cuando secuestraron a su padre y madre. Fueron víctimas y testigos de tan tremenda situación. Crecieron separados y reconstruyeron juntos la historia traumática. Mariano calificó a su testimonio como “reparador”.

“No pudieron cumplir su misión”, concluyó Mariano Sasso al cierre de su testimonio en el tercer juicio de lesa humanidad por los crímenes de la Subzona 15, en Mar del Plata, con streaming en vivo de La Retaguardia. Hablaba de los represores, les hablaba a ellos también, hablaba de su plan criminal, desaparecer gente, borrarlas de la faz de la tierra. “Mis viejos aparecen a cada rato. En una foto, en una carta, en un amigo. No pudieron cumplir su misión. Quisieron desaparecerlos y los multiplicaron”, afirmó. 

Mariano tenía casi 5 años cuando una patota secuestró a su mamá, Norma Schipani, y a su papá, Antonio Sasso. Su testimonio inauguró la décima audiencia del debate que comenzó a fines de 2024 y que tiene a unos 20 represores del Ejército, la Armada y Prefectura acusados por secuestros y torturas, homicidios, delitos sexuales y allanamientos ilegales contra 138 personas. Entre los hechos, figuran los secuestrys y las desapariciones forzadas de Norma y Antonio, aunque Mariano, su hermana Eugenia, que tenía 3 años y medio y declaró al cierre de la audiencia, y su hermano Lucas, el más pequeño, también son víctimas del plan sistemático de secuestro, tortura y exterminio que cubrió todo el país durante la última dictadura militar y los años previos. 

Todo está guardado en la memoria

“Lo que lo que voy a contar lo conozco porque yo mismo se lo conté a mi familia cuando me recibieron. Pero llegó un momento en que no hablé más, me quedé callado y envié todo al inconsciente”, aclaró Mariano al comienzo de su exposición. Logró reconstruirlo porque la familia, años después, le repitió aquello que él, con el shock fresco del despojo, repetía sin cesar. 

El 4 de enero de 1979, un rato después de que Antonio Sasso llegara de trabajar  –solía salir al mar en una embarcación mercante–, la familia se preparaba para cenar en el departamento donde vivían, en Solís, entre Acha y Edison, en la zona portuaria de Mar del Plata. Lo supo por detalles que su familia fue compartiendo con él “a lo largo de la vida”. “Encontraron el churrasco en la bifera a medio cocer”, aportó. Entonces, una patota irrumpió en el hogar, departamento 4, piso 10, forcejeó y discutió con la pareja. Norma insistió en que le permitieran preparar unas cosas para sus hijos. 

“A nosotros, a los tres, nos trasladan en un vehículo a la casa de mis abuelos maternos”, dijo Mariano, que no pudo precisar si fue esa misma noche o al día siguiente. Mas tarde, Eugenia dirá que son dos los recuerdos que tiene de aquella noche. Uno es “muy claro” y muestra la imagen de “tres señores muy altos, de traje, que revolvían la casa, nuestros juguetes, discutían” con su papá. El otro es el momento en que los “llevan en el coche a la casa de los abuelos”.

En la revuelta de la casa, la patota de genocidas se llevó “muchísimas cosas”, narró Mariano. “Instrumentos musicales, mucha documentación, los documentos de mis viejos, los nuestros, hasta las libretas de vacunas”, contó. A él le volvieron a dar todas las vacunas de nuevo, por ejemplo. La cédula provincial de identidad de Norma apareció casi 20 años después, en los 2000. “La tiraron en un polirubro que había a 20 metros de la casa de mis abuelos maternos, donde todavía vive mi tío, contó. 

La vida después

“Mis padres tenían ideología socialista y vínculos con el Partido Socialista de los Trabajadores (PST, de tendencia trotskista), pero se oponían totalmente a la lucha armada. Creían, sobre todo, en las ideas, en el estudio, en capacitarse. Estudiaban cosas que casi no existían entonces, como computación”, respondió Mariano cuando María Eugenia Montero, la fiscala auxiliar que interviene en el juicio, le preguntó qué sabía de la militancia de Norma y Antonio. No hay datos concretos del lugar al que fueron llevados tras su secuestro. Se infiere, en el marco de la causa, que pasaron por la Base Naval de Mar del Plata debido a que ése fue el centro clandestino en el que estuvieron cautivos los militantes del PST que cayeron en cadena aquel principio de 1979. La estructura estaba infiltrada por la Armada. El juicio comenzó revisando estas caídas, que fueron nueve. 

Como narraron los hermanos, los tres hijos de la pareja fueron dejados en la casa de la familia Schipani. Los recibió Alfredo, el hermano menor de Norma, que declaró en el juicio. “Estaba en casa, me tocan el timbre, un señor me dice: ‘Acá están sus sobrinos, su hermana está detenida’. Llegaron en un Falcon Verde, dejaron un bolso con ropa”, enumeró. También contó que dejó a los nenes con la abuela y se fue a buscar al abuelo, su papá. “Cuando le dije a mi viejo lo que había pasado se largó a llorar. Ahí tomé dimensión de lo que estaba pasando”, recordó Alfredo. 

Las familias hicieron todo lo que estuvo a su alcance para tratar de saber qué había ocurrido y dónde estaban Norma y Antonio: visitas a comisarías, a la Base Naval, a juzgados, presentación de hábeas corpus, Rondas de Madres de Plaza de Mayo. Nunca supieron nada. 

Al poco tiempo, las familias decidieron que Mariano quedaría con los abuelos Schipani y que Eugenia y Lucas crecerían con la familia paterna, que vivía a tres cuadras. “Empezamos a crecer con crianzas distintas”, señaló Mariano como una primera consecuencia de la vida desarmada, de “un acto de desamor y de violencia extrema”, que fue respondido con uno de inmenso amor. “Fuimos criados con mucho amor, nuestra familias trataron de darnos la mayor normalidad que pudieron”, destacó Mariano, aunque insistió en que el secuestro de sus padres lo afectó “directamente”. “Fuimos a la escuela, yo tuve amigos, me crié en un barrio, pero a andar en bicicleta aprendí solo, matándome a golpes. Cuando fui más grande y quise encarar una mina no tuve a mi vieja para preguntarle. No hubo nadie para llevarme a la cancha a ver a Aldosivi. La ausencia cuando fuimos chicos fue un montón”. 

Eugenia también ejemplificó ese vacío. “Durante muchos años, cada día de Reyes, yo tenía un sueño recurrente: que golpeaban la puerta de mi casa, aparecía mi vieja, mi viejo y un bebé en los brazos. Nunca supe de dónde saqué ese bebé”, trajo su fantasía al testimonio, desde Madrid. “Qué injusticia”, remarcó, sobre “no saber cómo hubiera sido mi futuro, mi vida, la de mis hermanos y la de un montón de gente”. 

Los hermanos volvieron a estar juntos años después, cuando Mariano, en la preadolescencia, pidió ir a vivir con Eugenia y Lucas. Entre él y Eugenia, ya crecidos, comenzaron a intercambiar información acerca de lo que había ocurrido con sus padres. “Cuando crecés vas tomando conciencia de que no están, de por qué no están, y tenés que empezar a procesar eso”, explicó él y señaló que su testimonio en el juicio de lesa humanidad que tiene a un grupo de represores acusados del secuestro de sus padres es “una forma de reparar todo aquello”.