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LA MARCHA DE LA BRONCA: EL RETORNO DE LA MÚSICA DE PROTESTA

Por LR oficial en Arte y Cultura, golpe de Estado - publicado el 1 octubre 2026

En los carnavales de 1972, en la Sociedad de Fomento de González Catán, todos los presentes, sin distinción de edad, sexo, ideología o tonos de piel, bailamos a pista llena “La marcha de la bronca”. La canción escrita por Miguel Cantilo, interpretada por el dúo Pedro y Pablo, que integraba el autor con Jorge Durietz. 

“La marcha de la bronca” es un tema que no tiene la cadencia de un rock clásico y tampoco remite a los ritmos afro de América Latina. Sin embargo, esa noche fue la invitación para que todos salieran a bailar y, cuando digo todos, es todos: las parejas, los solos y solas y hasta los más pequeños. Porque a esos clubes, en días festivos, iban familias enteras. Tal fue el éxito del baile grupal que hubo dos bises. 

Fue una de las canciones del disco debut de Pedro y Pablo, llamado “Yo vivo en esta ciudad”. Salió a la venta el 13 de octubre de 1970. “La marcha de la bronca” no era una canción muy difundida en las radios de la época, pero se conocía en circuitos que se multiplicaban de boca en boca. 

“Bronca porque no se paga fianza si nos encarcelan la esperanza”. Su letra movilizaba. La bronca era contra “los que toman lo que es nuestro con el guante de disimular”, contra “el que maneja los piolines de la marioneta universal”. La bronca estaba dirigida “al que ha marcado las barajas y recibe siempre la mejor, con el as de espada nos domina y con el de bastos entra a dar y dar y dar”. El ejército y la policía señalaban como blancos móviles, de manera especial, a los que andábamos por la segunda o tercera década de nuestras vidas. 

Esa noche de carnaval y “bronca” yo estaba cumpliendo los 22. Cumplo años el 15 de febrero, época de carnavales. 

Esa noche habíamos ido al baile en familia, con mis viejos, mi hermana, mis primos Sara y Angel, y algunos amigos. 

La canción dice: “Bronca porque roba el asaltante, pero también roba el gobernante”. Eran años duros, de hambruna y represión, pero también de resistencia, de rebeldías. Por eso la marcha era “de la bronca y de la fe”. 

El disco inaugural de Pedro y Pablo, reflejaba en sus canciones, como pocos entonces, una crisis social terminal, con un pueblo arrasado por la dictadura que había comenzado en 1966 con el golpe encabezado por el general Juan Carlos Onganía. 

En su etapa final, el gobierno de facto fue encabezado por el general Alejandro Agustín Lanusse. 

En “Dónde va la gente cuando llueve”, Pedro y Pablo hacían reflexionar sobre dónde van los que no tienen una vivienda. Dónde iban los sin techo, “la señora de arpillera, dónde el chico del harapo y arrabal, dónde los profetas de botella”. 

Donde iban los Juanito Laguna que había pintado en sus cuadros Antonio Berni, los chicos pobres de los que habló Armando Tejada Gómez en su “Canción para un niño en la calle”. Pedro y Pablo siguieron la ruta de los intelectuales comprometidos de los años sesenta. Y el primer disco del dúo incorporó el sonido del bandoneón, para romper fronteras musicales.  

En el tema “La quimera del confort”, lo que pretendían Pedro y Pablo era “evadirme de este mundo gris, donde no hay sol, sino un confort que nace al norte y se pone al sur”. Se van detrás del sol “por entre calles sin parquimetrar”, esquivando semáforos a los que consideran “hijos infieles” del astro rey. 

En “Vivimos, paremos” se cuestiona una vida convulsionada por “un tiempo sin tiempo que perder” donde todos luchaban “como bestias tratando de frenar los días, los relojes automáticos y la natalidad. Y cuando nos libramos del yugo laboral, la vida está dictada ya por televisión. Usted comprará aquello y hará esto, debe hacerlo porque ‘refresca mejor’”. 

Criticar a la Coca-Cola era pecado mortal y censura en los medios copados por la publicidad de las grandes corporaciones. En la película “Doctor Insólito”, una sátira de Stanley Kubrick sobre una entonces probable guerra nuclear, un militar se negaba a romper una máquina  expendedora de la gaseosa. Si lo hacía, iba a ser demandado por la empresa multinacional. 

Un pequeño detalle: el militar debía romper la máquina para extraer una moneda y hacer un llamado telefónico para evitar la destrucción del mundo. Necesitaba un teléfono público porque en esos años no existía el celular.  

De “Johnny Bigote”, un tema que suena a inocente ironía, se dice que era una burla dirigida al general Onganía. El dictador se dejaba el bigote para ocultar su labio leporino, un sello genético al nacer que no es frecuente, pero ocurre. Un militar cara de piedra como Onganía debía ocultar una cicatriz que supuestamente le restaba autoridad o, en su caso, autoritarismo. 

Una de las pistas más jugadas era “Los perros homicidas”, una metáfora explícita que definía de cuerpo entero a la policía que en los setenta nos azotaba día tras día. 

La letra no necesita traducción: “Uno ya no puede estar tranquilo, ni seguro de su integridad, andan sueltos y te comen vivo, con la excusa de ‘ganarse el pan’.

Aparecen en cualquier esquina y te huelen saco y pantalón. Para invadirnos se diría que han tirado la cucha por la ventana y vienen en batallón.

“Guarda con los perros homicidas, son de lo que no hay, habrá que tenerles la cadena y la boca llena con un buen bozal”. 

En esos años trabajaba en Editorial Atlántida y los viernes por la noche regresaba en el último tren a mi casa en Gregorio de Laferrere en el último servicio del día del Belgrano Sur. 

Todos los viernes terminaba en cana, siempre a manos de un pelotón de policías comandado por un cabo o sargento rubio “pelo-paja” al que yo le decía barbaridades. Al principio me pegaba y me hacía cortar el pelo. Con el tiempo, hacía casi lo mismo, pero intentaba justificarse: “Tengo que darle de comer a mi familia”. 

La primera vez que me llevaron preso fue en la víspera de un 17 de octubre. Con unos amigos y amigas habíamos organizado un “asalto”, como llamábamos a los bailes para recaudar fondos para viajes de egresados o iniciativas semejantes. A las 2 de la madrugada, todos los asistentes fuimos en cana, hasta las madres que habían ido a buscar a sus hijas. 

En la comisaría, tuve la insensata idea de mostrar mi flamante carnet de periodista. El “pelo-paja” dijo, con una desagradable sonrisa en los labios: “Periodista, intelectual” y ordenó que me cagaran a piñas. 

Luego me rasuraron la cabeza con la máquina “cero”, que te corta el pelo al filo de la piel. Me dejaron un surco en medio de la cabeza. Era tan ridículo mi aspecto que hasta mi hermana no pudo contener la risa cuando me vio con mi nuevo look. 

Después vinieron las razzias de los viernes por la noche. Para no seguir cayendo preso en la comisaría de Laferrere, centro clandestino de detención en la dictadura de 1976, empecé a viajar en el último vagón y me tiraba del tren en el paso a nivel que estaba poco antes de llegar a la estación de Laferrere.  

En “Yo vivo en esta ciudad”, Pedro y Pablo describen realidades de una Buenos Aires donde la gente “aún usa gomina”. Ellos decían: “Adoro a mi ciudad, aunque su gente no me corresponda, cuando condena mi aspecto y mis ‘ondas’ con un insulto al pasar”. El amor seguía firme “aunque me acuse de loco y de mersa, aunque guadañe mi pelo a la fuerza en un coiffeur de seccional. Y sin embargo yo quiero a este pueblo, tan distanciado entre sí, tan sólo, porque no soy más que alguno de ellos, sin la gomina, sin la oficina, con ganas de renovar”. 

Los que escuchábamos canciones testimoniales éramos seres extraños que queríamos a ese pueblo porque nos incitaba “a la rebelión”. 

El disco hablaba también de otras cosas, de las minifaldas que le daban “la mágica espalda a la inhibición popular”. Y del sexo, para romper silencios hipócritas. En “Catalina, Bahía”, ella “sabía el argumento de la sábana rota por amor”. El acto sexual se describía en forma explícita: “Labio, sobre labio, sobre labio, y la península mía. Beso contra beso y tu bahía…” 

Los que me conocen saben que soy más de Charly, del flaco Spinetta, de Fito, del Indio, de Silvio Rodríguez, pero “La marcha de la bronca” nos convocó a resistir y también a bailar en años duros y eso no se olvida.