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ALGUNOS APUNTES SOBRE LA VISITA DEL PAPA LEÓN XIV

Por LR oficial en Internacionales, Otras, Papa Francisco, política, Visita del Papa - publicado el 6 noviembre 2026

“Anduve sin ropas y me vistieron. 
Estuve enfermo y fueron a visitarme. 
Estuve en la cárcel y me fueron a ver”
(del Evangelio escrito por Mateo)

Durante casi dos mil años los Papas no salieron de Roma. Sólo algunos dejaron la ciudad para huir de guerras o empujados por deportaciones. Lo habitual, por tanto, fue que los jefes de la cristiandad católica pastorearan al rebaño universal apoltronados en sus tronos. Pero un buen día de 1964, Pablo VI tomó un avión y aterrizó en Jordania: Tierra Santa fue su destino. Ahí comenzó la era de los viajes. Y, desde entonces, recibir a un Papa en cualquier país o en cualquier ciudad del mundo, requirió tener en cuenta sus dos dimensiones constitutivas: la religiosa y la política. Una tan fuerte como la otra. Ambas coexisten indisolubles desde muy tempranamente, a partir de que Constantino (280-337) cristianizó al Imperio Romano.

Bergoglio se fue pero Francisco no vino

Desde que Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco, la expectativa de que un Obispo de Roma visite nuevamente la Argentina se mantuvo en crecimiento o, al menos, con fuerza constante. Resulta llamativo que el primer Papa latinoamericano rodeó de viajes su propia patria para nunca volver a pisarla. Estuvo en Bolivia, Chile, Brasil, Paraguay y Perú. Pero esos deslucidos zapatos negros que supo calzar en sus travesías no volvieron a tocar suelo argentino. Se fue en febrero de 2013 y se negó a regresar. También se negó a ofrecer razones explícitas de esa negativa. Se especula que intentó desfavorecer “la grieta”, como se inventó llamar a la histórica división argentina entre pueblo y antipueblo. Cuyos límites, en tantísimas ocasiones, no se dejan distinguir con precisión. O, más fácil, como deslizan ciertas lenguas, prefirió que nadie se cuelgue de su sotana para salir en la foto.

Como ya señalé, las visitas papales no son de larga tradición. Aunque se iniciaron con Pablo VI en los 60, fue el Papa Wojtyła (Juan Pablo II), sobre finales del siglo XX, quien potenció esa forma de conectarse con el mundo. Realizó 250 viajes en 26 años. Y las circunstancias hicieron que aterrizara dos veces en Argentina. Ambas, en medio de conflictos territoriales: la guerra de Malvinas en 1982 y la cuasi guerra contra Chile por el Canal de Beagle en 1987. 

Ante la inminente visita de un nuevo Papa, entonces, hay dos asuntos iniciales que se pueden resaltar. Primero, que quien partió hacia Roma como Jorge Bergoglio, deviniendo en uno de los argentinos más reconocidos del universo (subió al podio con Messi y Maradona), nunca volvió a su casa como Francisco. Sólo por eso, no son pocas las personas que ―aún después de muerto― le siguen reprochando algún tipo de desaire contra su patria. Y segundo, que su inmediato sucesor ―según la sensación que sobrevuela― vendría a “restaurar” esa falta; llegaría a estas tierras para cumplir el deseo insatisfecho de tantos y tantas que se quedaron con ganas de recibir al Papa argentino.

Pobres y creyentes

Francisco y León XIV tienen varias similitudes. La más significativa es el vínculo que los une en la tradición latinoamericana. Aunque Prevost nació en Chicago, Estados Unidos, se instaló en el norte peruano durante más de 20 años. Piura, Trujillo y Chiclayo fueron las localidades en las que desempeñó su labor pastoral (como cura y como obispo) entre humildes poblaciones campesinas. Pero hay más. Ambos llegaron al curato en comunidades religiosas: el argentino con los jesuitas y el norteamericano con los agustinos. Para quienes no siguen estas cuestiones internas del catolicismo sirve aclarar que se puede acceder al sacerdocio de dos modos: por el “clero secular” perteneciendo a una diócesis determinada bajo la responsabilidad de un obispo, o por el “clero regular” ingresando a una congregación u orden religiosa como la franciscana, la dominica o la benedictina, sólo por citar algunas de las más conocidas. En este último caso, el religioso depende primero de la autoridad congregacional y, en segunda instancia, del obispo de la diócesis en la que reside. ¿Y qué importancia tiene esta característica? Entre los curas seculares y los regulares hay dos diferencias nada menores: los regulares (la palabra viene de “regla” o reglamento interno) viven en comunidad y, por tanto, no sólo comparten sus espacios existenciales con otros sino que incorporan el hábito de la discusión interna. En toda comunidad, aun habiendo autoridades, se toman decisiones colectivas que exigen diálogos, discusiones, negociaciones. Pero además, como las congregaciones suelen tener sedes en todo el mundo, los religiosos desarrollan una cosmovisión internacional iluminada por las experiencias de sus propios hermanos/compañeros de comunidad de otros países. Exactamente esto ocurre en el caso de los agustinos como Prevost o de los jesuitas como Bergoglio. 

Volvamos ahora a la primera similitud para revisarla con algún detenimiento. Ambos llegan al papado desde América Latina, territorio en el que nacieron y viven casi la mitad de los católicos del mundo; ambos conocen desde adentro la ambivalente condición que caracteriza a buena parte sus habitantes: pobres y creyentes. Población que asume mayoritariamente la fe católica aunque haya llegado con los responsables de su pobreza estructural. Esta suerte de contradicción, que existe desde tiempos coloniales, emerge con especial conciencia entre la dirigencia católica en los años 60, cuando comienza a gestarse una peculiar reflexión doctrinal que deriva en las llamadas “teologías de la liberación”. Curiosamente, el libro “Teología de la Liberación. Perspectivas” fue escrito por un cura peruano, el dominico Gustavo Gutiérrez y publicado en 1972.

Unos años antes, en 1968, en la ciudad colombiana de Medellín, cuando los obispos de la región se reunieron en la 2ª Conferencia Episcopal Latinoamericana, habían señalado con notas de estupor que «un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”. Así mismo, en la siguiente cumbre realizada en Puebla, México, se insistía en la existencia de «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”, tal ignominia, afirmaron, “exige conversión y cambios estructurales hacia la justicia social”.

Cierto que Robert Francis Prevost llegó a Perú algunos años después. Y cierto es también que las teologías de la liberación se fueron diluyendo, parcialmente, en la medida que las opciones institucionales del catolicismo fueron asumiendo con más vigor la problemática social contemporánea. Sin embargo, la línea latinoamericana jalonada desde mediados del 1900 con personajes de gran trascendencia como Helder Cámara, el “obispo rojo” brasilero fallecido en 1999; Oscar Romero, obispo de San Salvador asesinado en 1980 por la represión estatal salvadoreña; o Enrique Angelelli, obispo argentino de La Rioja asesinado en 1976 por la dictadura, representan activos históricos que de algún modo fueron impregnando a la catolicidad del siglo XXI de este lado del mundo. No es lo mismo ser católico en América Latina que serlo en Europa. En esta región, como también en cierta medida puede suceder en África, ser pobre y creyente reafirma de manera singular todo lo humano que puede contenerse en lo divino. Dicho de otro modo, creer en lo divino no anula ni desplaza las aspiraciones humanas de dignidad y justicia. No se eliminan todas las contradicciones, que no suelen ser pocas, pero se construye un compromiso intenso y sostenido en contra de lo injusto y a favor de los derechos. 

Doctrina Social de la Iglesia

“El pan que guardas pertenece al hambriento; el abrigo que tienes en tu cofre, al desnudo; los zapatos que se pudren en tu casa, al descalzo; el dinero que tienes enterrado, al indigente. La raíz de la riqueza es la injusticia o la usurpación”. La frase pertenece a Basilio Magno, santo católico, y data del siglo IV. Es uno de los llamados “Padres de la Iglesia”. Junto a Juan Crisóstomo, Agustín de Hipona y Gregorio de Nisa, entre otros, forman parte del “equipo fundador” de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, aunque por entonces no tuviese ese nombre. En los escritos de todos ellos se encuentran afirmaciones por el estilo. “La naturaleza ha engendrado el derecho común, la usurpación ha hecho el derecho privado”, supo enseñar Ambrosio de Milán, otro de esos fundadores. No constituyeron un sistema doctrinal, ni compendiaron esas afirmaciones. Simplemente las predicaban como esenciales al cristianismo. Ser cristianos equivalía necesariamente a estar del lado de los pobres y vulnerados. Ellos, los más castigados, eran el cruel resultado de la injusticia amasada por los poderosos, totalmente contraria al querer de Dios.

Extrañamente, algunos siglos después, otros cristianos que decidieron apartarse del tronco inicial, suscribieron la tesis contraria. Afirmaron que los pobres son pobres porque no aman suficientemente a Dios, y que Dios premia a quienes lo aman hasta convertirlos en ricos. Pero esto ya es harina de otra bolsa. Volvamos a los Papas.

Lo que vincula especialmente a León XIV con Francisco es que se sube a su continuidad por el costado social. No se detiene tanto en cuestiones intra eclesiásticas como en el aporte que el cristianismo puede ofrecer hoy a los pueblos. Por eso es que toma su nombre del Papa León XIII, hacedor de Rerum Novarum, la carta (encíclica) papal publicada en 1891 dedicada a los derechos de los trabajadores en el contexto de la segunda revolución industrial y la expansión del capitalismo. Claro que en simultáneo hace su crítica al marxismo por fomentar la lucha de clases y por endiosar al Estado. Sin embargo, en términos ideológicos, se refuerzan tres antiguas premisas mucho más cercanas a la perspectiva socialista que a la del libre mercado: 1) el bien común es superior al bien del individuo, 2) la pobreza es generada por la riqueza y 3) la propiedad privada carece de valor absoluto.

¿Qué podemos esperar?

Francisco no vino. Pero vendrá León. ¿Es lo mismo? Claramente que no. Multitudes de argentinos y argentinas esperaban recibir al Papa local. Sin embargo, es muy posible que esta visita resulte más conveniente que la otra. 

En términos estrictamente religiosos, no debería existir demasiada diferencia, sólo cuestiones emotivas o de tinte chauvinista, pero no mucho más. Cualquier “primus inter pares”, como se conoce al obispo de Roma, debe valer más o menos lo mismo. No obstante, el momento político-económico que padece Argentina, con antiguas raíces de diversas tonalidades pero con un presente gobernado desde la antítesis absoluta de la Doctrina Social de la Iglesia, presenta un escenario por demás interesante. Todo lo que diga León XIV en términos de problemática social, debería incluir una crítica más explícita que implícita al individualismo liberal, a la destrucción del Estado y a la meritocracia como esquema fundante del desarrollo humano. Es que no hay premisa de gobierno que pueda coincidir en algo con las homilías o los discursos que seguramente exhiba el Papa en su estadía argentina. Si no fuera así, el gobierno de Javier Milei podría tomar esta visita como parte de su haber.

Una cosa es que se insista, con corrección política, en que ni la pobreza ni las disputas se construyeron en los últimos tres años, y otra cosa es que se desvanezca la crítica profunda al modelo gobernante como diametralmente opuesto a la enseñanza cristiana del catolicismo. 

Quedará para otro momento analizar por qué, si la doctrina es la misma, en los trágicos tiempos de la dictadura militar-liberal, una parte de los clérigos se convirtió en cómplice o miró para otro lado. Sabemos muy bien que aunque los documentos episcopales de la época se mostraban críticos a los sucesos de entonces, la mayoritaria práctica cotidiana se mecía entre el silencio, la complacencia y el apoyo. En la actualidad, en cambio, parece que las máximas autoridades internacionales que se expresan abiertamente contra el capitalismo empobrecedor y destructor del planeta, definiéndolo como «paradigma económico que explota los recursos de la Tierra y margina a los más pobres» o sentenciándolo como «dictadura de una economía que mata» son, precisamente, los papas. Bienvenidos. (Ambas expresiones pertenecen a León XIV)

En este contexto, entonces, que las críticas provengan de un Papa nacido en Illinois, aunque sea peruano por opción, pueden resultar más contundentes y objetivas que las de un porteño nacido en Flores. Y encima, con atisbos de peronista. 

Seguramente, después del 11 de noviembre, cuando Robert Francis Prevost haya partido hacia Lima, aquí todo seguirá más o menos igual. Podemos, no obstante, abrigar la esperanza de que alguna de sus palabras, como las ya dichas en otras instancias, y también algunas de sus actitudes, como visitar presos en una cárcel o discapacitados en un hogar, genere alguna resonancia humanitaria y reste apoyo a la bestialidad oficialista. En términos sociales, mucho más que eso no se puede esperar. Pero, tal vez, resulte suficiente para justificar semejante movida.