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Cristina Fernández de Kirchner


Después del atentado contra Cristina Fernández de Kirchner, centenares de miles de personas se movilizaron en todo el país para repudiar la violencia política. Un integrante de La Retaguardia comparte sus sensaciones de un día que modifica la historia. Redacción: Paulo GiacobbeEdición: Fernando TebeleFotos: Bárbara Barros / Paulo Giacobbe – La Retaguardia Noche del jueves. Al principio algunos medios televisivos no le dieron al hecho la magnitud que merecía. La noche anterior un repartidor había agredido a los manifestantes; ese tipo de acciones ya habían sido naturalizadas desde que una vecina los amenazó con un arma blanca; quizás se pensó que ocurriría lo mismo con este hecho.. A las pocas horas no quedaban dudas. Nuevas imágenes llegaban a las retinas y sobre esas imágenes nuevas, otras imágenes nuevas sacudían la información recibida. La más clara: un revólver fue gatillado dos veces en la cara de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ella no se dio cuenta del ataque, se enteró cuando subió a su casa. Había un detenido.  Cerca de la medianoche, el presidente Alberto Fernández leyó un discurso por cadena nacional. Decretó feriado para el viernes 2 de septiembre y empezaba a quedar claro que se venía una movilización importante. Por la mañana, la Corte Suprema de Justicia de la Nación expresó “su más enérgico repudio al atentado perpetrado contra la Sra. Vicepresidenta de la Nación y el compromiso de la justicia para esclarecer este lamentable hecho”.Así, relatado rápido, se pierde un poco. Son intensas horas, de intensos días.  Recoleta Mañana del viernes. Casa de Cristina. La calle Juncal está cerrada al tránsito y a los transeúntes por una cinta naranja que dice “Escena del crimen”. Atrás de la cinta, integrantes de la Policía Federal, de civil y de uniforme, parados a pocos metros de distancia unos de otros, dejan pasar solo a quienes viven en esa cuadra. Una oficial tiene una planilla y  parece chequear los nombres de los vecinos. Un repartidor de algún supermercado no tiene suerte, no está en la lista y debe dar un rodeo. Uno de los policías pasa para este lado y ve a un vendedor de café ambulante. Le compra uno. El cafetero le pide si puede acompañarlo para cruzar hasta el otro lado, así no tiene que dar la vuelta. El policía le dice que sí Hacia el otro lado, en la puerta de un edificio, un encargado está parado junto a dos vecinos. Se ríen y hablan fuerte para ser escuchados. Su broma parece estar relacionada a una posible bomba en una bolsa de basura. Vociferan su decepción por los tiros errados. En la esquina de Uruguay, a pocos metros está la entrada al edificio donde vive Cristina, está reunida la prensa, en su mayoría fotógrafos/as y movileros/as. Prácticamente no hay movimiento ni militantes. Un fotógrafo se cae de la escalera desde la que hacía la guardia y no cae sobre nadie. En una ventana hay un pañuelo de las Madres recordando a los y las 30 mil. Un taxi estacionado tiene en su parabrisas una bandera con las caras de Néstor y Cristina. En el semáforo donde está atada la cinta naranja que marca el escenario de un crimen, un cartelito con corazones: “Muchas gracias, Cristina. Acá tenés al pueblo para la revolución”. Obelisco y Plaza de Mayo Mediodía. Organizaciones sociales flamean sus banderas en el Obelisco. Por Diagonal Norte, se ve gente suelta, familias con integrantes de todas las edades, que caminan hacia una plaza llena. La comparación con los 24 de marzo resulta inevitable. No es lo mismo, pero se asemeja. Sería más correcto hacer la comparación con las marchas que un sector de la oposición, la derecha, propone durante los feriados. La diferencia es notable. De entrada nomás, no hay guillotinas. Ni hablar de bolsas mortuorias o pedidos de pena de muerte. La bandera argentina es un punto en común en ambas marchas, o de disputa. Otro tema es la urgencia de la convocatoria. Un relámpago. En apenas horas se salió de manera masiva; existe un deseo de ganar la calle.     En el Obelisco, con una bandera uruguaya en sus espaldas, están Renata y Oscar. Ellos estuvieron el sábado en el domicilio de Cristina, el día que Horacio Rodríguez Larreta tuvo la brillante idea de rodear a la vicepresidenta con vallas, por el temita de darle tranquilidad a los vecinos. Renata y Oscar ese día adivinaron las intenciones represivas de la Policía de la Ciudad y se fueron antes. “Vimos por cómo se movían los policías, por la expresión del cuerpo, que iba a comenzar la represión”.  Se enteraron del atentado cuando prendieron la tele al llegar a la casa. Venían de una reunión política. “Horrible, horrible, un estado de angustia muy grande”,  describe Renata. “Menos mal que la cosa, por Dios o por quien sea, falló”, agrega. Calcula que si no”a la Argentina la hubiese arrastrado la sangre”. No dudaron ni un segundo en salir a la calle.  “Veíamos la obligación o la necesidad de acompañar este momento que está padeciendo no solo Cristina, sino toda la Nación argentina” dice Oscar, y le dedica unos renglones a los medios de comunicación: “Es dura la lucha contra los que se llaman medios hegemónicos, que manejan toda la prensa escrita, televisiva, cuesta mucho superar eso. La única manera es seguir a la antigua, convenciendo boca a boca, casa por casa, demostrando que el gobierno de Cristina fue un gobierno popular, no fue un gobierno populista”.  “Vinimos acá porque creemos que la democracia se sale a defender”, dice Darío, mientras se aparta de su columna. Del atentado se enteró cuando llegó de trabajar, al poner el noticiero. Ahí empezó a mensajearse con sus compañeros y se fueron para Juncal. “Estuvimos ayer a la noche. Era una sensación muy rara, de bronca, de miedo, de indignación, de que todo lo que venimos construyendo se venga a desmoronar, y esa sensación de que teníamos que salir a la calle, autoconvocarnos y salir a la calle”, señala.  Damián y Morena