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Crónicas del juicio -día 36- Una búsqueda casi eterna que nunca termina

Escrito por el marzo 17, 2020


Sus padres biológicos fueron secuestrados en 1977. Su mamá pidió por carta que la criaran sus compañeros. Carlos Karis y Nora Larrubia, quienes asumieron esa responsabilidad, fueron desaparecidos durante la Contraofensiva. Ella presenció los secuestros. Su abuela materna la buscó incansablemente, hasta que la encontró mientras caminaba en las cercanías del lugar del operativo. La terminó criando la familia biológica. En una hora, Selva Varela Istueta narró su tremenda historia con reflexiva entereza y una sonrisa siempre a mano, a pesar de todo. (Por El Diario del Juicio*) 

✍️ Texto 👉 Fernando Tebele 
💻 Colaboración  👉 Giselle Ribaloff/Valentina Maccarone
💻 Edición 👉 Diana Zermoglio

📷 Fotos 👉  Gustavo Molfino/Andrés Masotto

Selva Varela Istueta sostiene una foto en la que se la ve de pequeña junto a quienes considera sus padres: Carlos Karis y Nora Larrubia.
📷 Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

¿Cómo repercutirá el cuidado para tocarse en este juicio, que bien podría ser llamado el juicio de los abrazos? ¿Asistirá menos gente a la sala de audiencias? ¿Qué más puede oírse con aires de novedad en un juicio que ya tuvo cerca de ciento cincuenta testimonios? Esas fueron algunas de las preguntas que sobrevolaron durante la previa de la jornada. En poco más de una hora todas las respuestas quedarán a la vista.
Del Covid-19 comienza hablando el presidente del Tribunal, Esteban Rodríguez Eggers, apenas después de su saludo. Pide que no haya más de veinticinco personas del público escuchando cada testimonio, de manera tal que quedará libre alguna silla entre asistentes. Como ya había contado en algunas otras audiencias, explica con tono de disculpas que la administración de la sala no corresponde a este tribunal, sino a otro de San Martín, y que es Casación la que debe propiciar que se provean los elementos de limpieza necesarios. Dice que el alcohol en gel que se ve en el estrado lo han comprado los mismos jueces. En los baños no hay jabón…
Hay algo menos de gente que habitualmente, pero cuando se recorre con una mirada la sala, una veintena de rostros aparecen infaltables. Ya está sentada en su silla la primera testigo cuando piden que no se cierren las puertas para que haya circulación adecuada de aire. Aunque permanezcan abiertas las dos puertas a cada costado trasero de la sala, el aire se torna pesado apenas comienza a hablar Selva Varela Istueta.
Selva es colorida. Desde la blusa hasta sus aros, una paleta de colores recorre su cuerpo. Incluso su pelo tiene varios claroscuros que terminan en un rodete superior bien rubio. Como cada testigo, está de espaldas al público, por lo que hay que ver los televisores para apreciar la sonrisa que suelta cada tanto y se percibe a través de su voz.
“Mi historia es compleja como tantas historias que me imagino han escuchado en este tribunal, basada en mucho relato, en un entramado de idas y vueltas en el tiempo, en diálogo permanente en esta construcción entre presente y pasado con diversas miradas de mi historia; en búsquedas, algunas fértiles otras truncas. Este largo camino me ha llevado hasta aquí”, dice con tono firme, seguro y amable. De arranque queda en evidencia que su historia es difícil -también- de contar. “Mi nombre es Selva María Varela Istueta. Soy hija biológica de Mario Anibal Bardi y Claudia Istueta, ambos eran médicos, militantes montoneros de zona sur del área de sanidad. Fueron detenidos desaparecidos en el año 1977 en oportunidades diferentes: primero mi papá, en enero; luego mi mamá, en noviembre. Para esa época yo tenía un año de edad”. Es tan compleja la historia de Selva que no está allí para hablar de sus padres biológicos, sino de quienes considera su papá y su mamá: Carlos Karis y Nora Larrubia, integrantes de Montoneros desaparecidos durante la Contraofensiva. Entonces habla de ambos. “Carlos Karis era oriundo de Miramar. Él se había instalado en la ciudad de La Plata para estudiar medicina. Nora Alicia Larrubia había nacido en Río Cuarto, Córdoba. Su padre era suboficial del Ejército del área de comunicaciones, y había sido trasladado muchas veces por su trabajo. Nora nació allí y después de varias ciudades a las que son trasladadas, en el año ‘62 se instalan en la ciudad de La Plata. En el ‘68 Nora empieza la carrera de medicina; Carlos y Nora cursan juntos, se hacen muy amigos y empiezan su militancia en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Luego se constituyen como pareja y, por su militancia, empiezan a ser referentes importantes de la zona, junto a Susana Larrubia, que es hermana de la Nora”, reconstruye Selva. “¿Cómo se vincula ahí con el caso de mi mamá?”, pregunta para darse pie aclaratorio. Elabora la respuesta con calma y fluidez. “Según testimonios de Daniel Karis, que es el primo de Carlos, con quien yo tuve varios encuentros cuando fui más grande y que va a testificar en este tribunal (dará un escueto testimonio más tarde), la casa donde vivía Karis en agosto de 1977 fue allanada. Se llevaron algunas cámaras de fotografía y otros objetos. Por eso Carlos y Nora deciden irse de La Plata y son trasladados por la organización directamente a la zona sur (del Gran Buenos Aires). Ahí aparece el vínculo con mi mamá, que era responsable del área de sanidad de la Columna Sur de Montoneros. Comienzan a militar juntos”.

Varela Istueta con las fotos de sus papá y mamá del corazón como bandoleras,
una en cada costado. Aquí se ve a Nora Larrubia.
📷 Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

El secuestro y la carta

Selva llegó desde Tucumán para estar presente en la sala. Quienes han podido evitar las videoconferencias consiguieron indudablemente que sus testimonios fueran más cercanos. Ella está lejos de ser una excepción. Mucho menos cuando relata el secuestro de su madre biológica y el destino que Claudia soñó para su niña si algo le sucedía. “El 16 de noviembre de 1977, que es cuando mi mamá va a su última cita de la que nunca regresó, yo estaba al cuidado de Carlos y Nora. Desconozco si convivimos en el mismo domicilio, pero claramente hay un vínculo orgánico funcional en cuanto a la militancia, que permitía que estuviera yo en ese momento ahí. Como mi mamá no regresó de la cita, ella había dejado una carta explicitando que si algo le ocurría, quería que fuera criada por compañeros y no por mi familia biológica”, una idea que se repitió en muchas parejas, pero en este caso con el respaldo escrito que dejó Claudia. “Carlos y Nora, frente a esta situación, tienen una reunión previa con diversos compañeros y ellos asumen esa responsabilidad de criarme y ser mis papás. Se presentan al domicilio de mi abuela, que vivía en Lomas de Zamora, Van con la carta que había dejado mi mamá, explicándole que ellos querían asumir esa responsabilidad, que querían ser mis padres, pero que no dejarían de militar, que los riesgos podían ser inminentes; es decir: que su vida y sus convicciones iban en la misma línea de mis padres, pero que ellos, con todo el amor y responsabilidad, me iban a cuidar”. La abuela materna aprobó la propuesta pero puso una condición: “Mi abuela Amalia Job aceptó esta situación con la condición que tuvieran comunicación permanente, que nunca perdiéramos ese vínculo, esa comunicación para saber si estábamos bien”.

Varela Istueta declarando. Desde atrás la observan Beto Díaz y Virginia Croatto, dos de las pesonas que la ayudaron a reconstruir diferentes instancias del sinuoso recorrido familiar.
📷 Andrés Masotto/El Diaro del Juicio

Los primeros recuerdos

Desde hace años Selva practica Danza africana de Guinea, y la enseña. “La danza me salvó de la locura”, nos comentará después. Dirige en Tucumán un grupo independiente que se llama Bembe Guine. En Susu, una de las múltiples lenguas de la zona, significa Mujer Picante. Quizá por eso su cuerpo acompaña cada palabra. Su lenguaje es claro y tiene el respaldo de los brazos. Repasa su primera memoria, y fija las figuras paterna y materna. “No tengo recuerdo de mis papás biológicos, a los que desaparecieron en 1977. En mi cabeza y en mi corazón mis padres fueron Carlos y Nora. Ahí aparecen un montón de recuerdos, de imágenes, de sensaciones y olores que van invadiendo el campo llano de mis primeros recuerdos”, define. No hay dramatismo en su voz, no porque la situación no lo merezca. Parece sólo una cuestión de actitud ante la devastación familiar a la que la sometió el genocidio. Dice que se mudaron varias veces en ese período, escapando de la represión, y que esta parte del relato la construyó a través de los compañeros. “En los primeros días de enero de 1977, la Columna Sur de Montoneros estaba devastada en términos de cantidad de desapariciones. Se decide a nivel nacional que esa columna saliera hacia México para reorganizarse y planificar lo que sería luego la Contraofensiva. Hablé con Beto Díaz, que me pone muy feliz que esté presente, y él me brindó muchisima informacion en muchas oportunidades. Me contó que hubo diferentes grupos que han salido por varios lugares, en el caso de Carlos, Nora y yo salimos por Jujuy. De hecho hay una foto que, hasta ese momento yo no había podido vincularla, que es en Tilcara el 22 de enero de 1979, que creo que tiene que ver con esa salida. Carlos y Nora son los primeros en llegar a México”. Muestra una foto en el Pucará de Tilcara. Con una prolija camisa a cuadros, Víctor Hugo Díaz, Beto, la observa desde la primera fila.

Karis, Larrubia y la pequeña Selva en el Pucará de Tilcara antes de viajar a México,
en enero de 1979.
📷 El Diario del Juicio

La formación en México

A Karis y Larrubia los estaba esperando otro sobreviviente que pasó por este juicio: Gustavo Herrera. “Es un compañero montonero, tucumano, con el que tuve también muchas charlas cuando fui más grande. Nos estaba esperando en el DF, en una casa. El objetivo era que fuera una base de formación, de capacitación. Durante dos o tres meses, la gente de zona sur que conformaría la TEA (Tropas Especiales de Agitación) tendrían un curso. Tenía que ver con acciones más que nada de interferir transmisiones televisivas y una serie de objetivos que se plantearon al volver”. Para el grupo que salió vía Paraguay el viaje fue más largo. “Llegaron quince días después”, señala Selva. Eso generó una relación especial entre Herrera, Karis y Larrubia. “Por eso Gustavo Herrera tiene mucha empatía y muchos detalles que luego me contó, ya más grande”. Cuando llegaron los demás, tuvieron el curso técnico/político de dos o tres meses para poder llevar adelante las interferencias “para transmitir las proclamas de la organización. En ese momento a todos los niños nos dejan, durante el curso, en una guardería en México. Para junio de 1979 el grupo regresa para poner en práctica eso que habían aprendido”. Como ya narró Beto Díaz en su testimonio, uno de los primeros de este juicio, consiguieron el objetivo de interferir los canales de aire de TV. En ese retorno Díaz retomó contacto con ambos en el Teatro San Martín. “A partir de ahí el vínculo es más estrecho”. Selva reconstruye, siempre a través de Beto, que después de noviembre de 1979, tras las interferencias, el grupo es convocado a salir para tener una reunión de balance en Panamá. Allí se encontrarían con Carlón, Eduardo Pereyra Rossi, que sobrevivió a la Contraofensiva pero sería luego asesinado en un falso enfrentamiento por un comando de la Policía Bonaerense a cargo de Luis Abelardo Patti, en 1982. Patti fue luego condenado por ese hecho a prisión perpetua.
Díaz, Karis y Larrubia salieron por Chile. “En enero del ‘80 se produce esta reunión en Panamá donde efectivamente se hace la evaluación y se diseñan nuevas estrategias. A Carlos y a Nora, junto a Silvia Tolchinsky, se les asigna volver a Argentina”. Para la primera Contraofensiva, los niños y niñas habían quedado en La Habana. En la segunda, Selva volvería junto a sus padres, pero no deja de recordar su paso anterior por la guardería. “De Cuba tengo algunos recuerdos sueltos. Unas fotos, algunas canciones de niños. Tengo imágenes inconexas, aisladas”, explica. Para la reconstrucción de esa etapa cubana, “en mi búsqueda casi eterna”, contó con la ayuda de Edgardo Binstock y Virginia Croatto, uno de los adultos a cargo, y la niña que tanto aportó a la reconstrucción de la historia de la guardería de La Habana. “Las tres fotos que tengo con el mismo vestido en la guardería de Cuba las dejé en el hotel”, se lamenta Selva, siempre con su demoledora sonrisa en su rostro.

Selva Varela Istueta junto a Virginia Croatto tras finalizar el testimonio.
📷 Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

Inesperada visita, inesperadas noticias

Entre la primera y la segunda Contraofensiva, Karis y Larrubia retiran a Selva de la guardería. “Me retiran en enero de 1980 y ahí sí empiezan unos recuerdos un poco más sólidos de una casa en Acapulco. Nos quedamos en México un tiempo más hasta que en abril del ‘80 se planea el regreso, que efectivamente se realiza. De Acapulco tengo muchas imágenes: ver por primera vez el mar, la arena. Y tengo una imagen bastante inesperada en la lectura que hago de grande, que fue la visita de mi abuela materna, Amalia, que nunca había perdido el contacto tal como lo habían acordado. A mi abuela la citaron no sólo para que nos viera sino también para comentarle que Nora estaba embarazada. Ellos se creían estériles. Intentaron varias veces tener hijos y no ocurría. Efectivamente, ella estaba embarazada. La segunda noticia era que íbamos a regresar a Argentina en marzo, a lo que mi abuela suplicó, trató de persuadir por todas formas para que no regresaran, pero la convicción era fuerte, la decisión ya estaba tomada y era irrevocable”. Por si hiciera falta alguna complicación en un árbol familiar podado por el genocidio, remarca que tanto en el caso de Karis como en el de Larrubia “se trata de familias absolutamente desmembradas y desaparecidas por la represión por lo que fue muy difícil mi camino a la reconstrucción. Prácticamente no han quedado familiares directos”. Rosa Veniani, madre de Carlos, fue asesinada en 1978. Alicia Cabrera, la mamá de Nora, fue secuestrada junto a su pareja. Susana Larrubia, hermana de Nora, también, junto a su pareja, el chileno Juan Adolfo Coloma Machuca. Todas estas personas de la familia están desaparecidas.

La vuelta a la jungla con Selva

Volvieron en abril del ‘80 y se instalaron en Villa Centenario, Partido de Lomas de Zamora. “Mi recuerdo son calles de tierra, casas prefabricadas; unas cuantitas, muy poquitas. Grandes terrenos baldíos enfrente, alambrados. Se trataba de una zona bastante suburbana”, traza el mapa desde su memoria infantil. Parecen ser los mejores recuerdos. “Ahí sí tengo muchísimos de la vida familiar. De la dulzura de Carlos, de la panza de Nora que seguía creciendo. Ya iba al jardín. Nos encontrábamos con mi abuela siempre en la vía pública por medidas de seguridad. Las fotos refieren todas a esa época, específicamente de la casa; se ve a ella tomando mate y los alambrados con los baldíos atrás, está ya el nacimiento de mi hermano que voy a relatar después”. Mientras reparte las fotos en las que se la ve pequeña y radiante, su hermano permanece serio y atento en la primera fila del público.

Nora Larrubia en la casa de la calle Marsella en Lomas de Zamora, embarazada de Juan Carlos.
📷 El Diario del Juicio

De esa misma etapa recuerda los encuentros con su abuela biológica materna, que nunca se cortaron. “Siempre fueron en la vía pública. En cementerios, en plazas, en lugares ajenos al domicilio donde vivíamos”. También la convivencia con Silvia Tolchinsky, “la Tía Chela, que para mí era mi tía”. A Tolchinsky la llaman desde México para que retorne. Karis la deja en Retiro. Toma un ómnibus hacia Chile y la secuestran en el paso fronterizo de Mendoza, como ella misma ya contó en el juicio.

Dialéctica entre presente y pasado

Además de la danza africana, Selva Varela Istueta es antropóloga. En 2003 comenzó a trabajar con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Hasta el 2011 trabajó en el país, cuando aceptó una propuesta para ir a México, siempre con el EAAF. Allí trabajó por ejemplo en la Masacre de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos. “Ahí vi, en esta dialéctica entre presente y pasado, cómo el presente va reconstruyendo y va nutriendo mutuamente, a modo de paréntesis, y relacionándolo. Pude entender un poquito más desde un lugar más antropológico, a nivel de estudio procesual, cuáles eran las mecánicas de las fuerzas represivas, cómo eran las estructuras orgánicas de militancia, cómo se movían, cuál era el lenguaje, completando un poquito, desde otro lugar, este panorama que ahora resulta algo ordenado, pero es bastante caótico, de poder organizar fechas, personas, recuerdos, información, etc. Hubo un punto que a mí me quedó en la cabeza y se vincula con las medidas de seguridad que tenían los militantes. Pensando en esto, y pasándolo al caso particular y personal de Carlos y Nora, siempre pensé que ellos eran extremadamente cuidadosos por su seguridad personal y con nosotros también”. Dice que quienes sobrevivieron le corroboran su pensamiento.
Se interrumpe pidiendo perdón para decir que se olvidó de “lo más importante: el nacimiento de mi hermano”. El hijo biológico de Karis y Larrubia no le quita la mirada de encima mientras Selva sigue, va y viene, pero nunca se pierde. Entonces retoma en la cuestión de la seguridad, citando a Marcia Cejas, la compañera de Beto Díaz. “Siempre me quedó una frase que me dijo una compañera de ellos, Marcia:  ‘Ellos los cuidaban como leones a sus crías. Nunca iban a una cita con ustedes si no se verificaba que esa cita efectivamente estuviera despejada, que no hubiera ningún riesgo. Iba Carlos primero, chequeaba el lugar, la persona, y que estuviera todo bien y luego habilitaba al resto de la familia’”.

Selva junto a Juan Carlos recién nacido.
📷 El Diario del Juicio

El secuestro

Selva fue testigo del operativo en el que secuestraron a quienes considera su papá y mamá. “Transcurría el día 13 de septiembre de 1980. Era la siesta. Me acuerdo de que era un día soleado. Estábamos muy tranquilos dentro de la casa, Carlos, Nora, Juan Carlos (el bebé) y yo. Estamos entre descansando y dormitando, muy relajados, dinámica familiar de siesta, hasta que interrumpen esa tranquilidad unos fuertes ruidos; muy, muy fuertes, que vienen de la vía pública, y el primero que sale hacia la puerta es Carlos. Observo que grita y forcejea, hay una cuestión muy violenta con dos o tres hombres que lo agarran rápidamente por el cuello, la nuca, las manos y lo sacan hacia la puerta”. El recuerdo de Selva suena exacto. No es arriesgado pensar que vio esa escena en su cabeza demasiadas veces. “Luego tengo el recuerdo que salimos con Nora por la puerta de acceso, que era lateral. Ella me agarró de una mano, con la otra tenía a Juan Carlos, y llegamos hasta la puerta. Ahí pude ver el panorama más macro. Recuerdo que eran tres autos estacionados de forma muy irregular en la calle de tierra y un despliegue muy importante con muchísimos hombres que no estaban uniformados, con armas. Me acuerdo que me llamaron la atención las armas, que interceptaban la puerta de la casa y estaban dispersos en varios puntos de la calle, como acordonando o haciendo una forma de semicírculo a la entrada de nuestra casa. Luego ya tengo el recuerdo en la puerta”. El terror se le representa en forma de película. “La siguiente imagen es que los agarran a ellos y los llevan a la esquina caminando hacia mi lado izquierdo. Tengo el recuerdo de verlos de espalda, que los están llevando varios hombres agarrados con los brazos por detrás. No sé si tenían esposas o algún tipo de cinto, pero sí recuerdo que estaban claramente agarrados por detrás y también los llevaban por la nuca y la cabeza. Eran entre cuatro y seis hombres que los estaban trasladando en dirección hacia esa esquina. Luego ya no pude ver el destino final porque mi relato es desde uno de los autos”. Sus facciones se tensan. Ese cuerpo que hace un rato forjaba palabras, ahora se entumece. “A mí me tenían en la pierna de uno de estos hombres encargados del operativo. Me tenía apoyada en la pierna como a upa. La puerta abierta del vehículo, yo llorando y diciendo ¿dónde están mis papás?, ¡quiero que vuelvan por favor!, y él me decía: ‘van a hacer algo y ya vuelven’. No pude terminar de verlo, tengo el recuerdo de su pelo engominado, de su temple súper calmo frente a esta situación de violencia y gritos que estábamos viviendo y, muy paradójicamente, de una pulcritud extrema. Es la imagen que me quedó de esta persona…”. Su voz continúa suelta. No se acongoja mientras repasa el secuestro de sus padres. Se mantiene en el relato. “Al bebé lo tenía otra persona a upa. Yo estaba en el auto y el otro señor parado al lado con Juan Carlos. Este señor nos lleva hacia la otra esquina, en la calle Marsella con Benito Pérez Galdós, una casa esquinera. Toca la puerta, sale una señora, y le dice: ‘Bueno, le voy a dejar a estos dos niños a su cuidado, ya van a venir a buscarlos sus familiares con la policía, así que por favor cuídenlos’. No hubo mucha posibilidad de que la señora pudiera objetar algo. Se llama Julia Curra”.

El expediente y la búsqueda de la abuela

Por si la historia no fuera ya retorcida, Selva busca entre sus papeles y agrega a esta causa una novedad: un expediente judicial del mismo momento de los hechos. José Curra, el esposo de la vecina que los recibió, fue a realizar la denuncia y con ella se generó un expediente en los Tribunales de Lomas de Zamora que Selva tiene allí y del que El Diario del Juicio publica algunas imágenes. “Lo busqué, lo busqué, lo busqué -repite-. Finalmente estaba ahí archivado en los Tribunales de Lomas de Zamora , pero estaba…”. El matrimonio testifica allí que la niña decía llamarse Selva y que su hermano se llamaba Juan Carlos. Certifican además el gran operativo.

La denuncia policial de José Curra que originó el expediente en Lomas de Zamora. Los vecinos cuidaron de los niños y ademas denunciaron los hechos.
📷 El Diario del Juicio

Mientras tanto, y ya con las desapariciones de sus papá y mamá en curso, la niña y el bebé quedaron en la casa de aquellos vecinos, tan involuntarios como solidarios cuidadores. “Nos quedamos en la casa de esos vecinos. No supimos en ese momento más de nuestros padres y sí tengo el recuerdo de mucha dinámica familiar en esa casa, que eran como bastante humildes. Tenían muchos hijos. Creo que no nos podían mantener, que estaban en una situación bastante precaria, y por razones humanitarias nos aceptaron”. La abuela se alarmó por la falta de contacto y comenzó a buscarles. “Empieza una búsqueda bastante incansable y agotadora, yéndose a Mar del Plata porque había habido un operativo con niños, que no éramos; yéndose a La Plata, a Villa no sé cuánto y así…”. Recuerda que la abuela Amalia estaba desalentada por la búsqueda infructuosa, hasta que apareció un dato increíblemente esperanzador, al que por cansancio primero desatendió.

—Yo sé que tenés familiares de desaparecidos -le dijo la directora de una escuela de Villa Centenario a la hermana de la abuela Amalia—. Hubo un operativo hace muy poco acá cerca con dos nenes, un bebé y una nena rubia de rulos.

Amalia recibió el aviso de su hermana.

—Este dato puede ser —le dijo Matilde Job, la tía abuela de la niña.
—Yo estoy muy agotada. Aparte lo de los rulos no coincide. Ya me ha pasado de generar expectativas… llegar… y que no tenga nada que ver -le respondió Amalia a su hermana.

Caminar hasta encontrarte

“Finalmente algún tipo de astro se alineó, algo operó en el orden de la corazonada -trae al presente Selva-, que mi abuela llamó” a la directora de la escuela y le pidió que le diera precisiones de por dónde podría ubicarla. Con las coordenadas de dónde había ocurrido el operativo, “comenzó a caminar las calles, a recorrer los barrios, a tocar las puertas. Los vecinos le decían que no sabían nada, que no habían visto nada. Siempre pienso que su valentía contrastaba muchísimo con el miedo social que había en esa época, y caminando, caminando, caminando, yo me encontraba jugando en el patio trasero interno de la casa, en el patiecito que tenía un alambre, y de repente la veo caminando a mi abuela por la calle”, sorprende Selva.

—¡Abuelaaa!¡Vení por favor, sacame! —le gritó la pequeña.
—Por favor, necesito llevarme a estos dos nenes, soy la abuela —le dijo Amalia a la vecina que los tenía.
—Nosotros hicimos la denuncia en la comisaría, hagámoslo por esa vía —le respondió la vecina solidaria con cierta ingenuidad.

“Mi abuela vuelve a su domicilio. Agarra todos los documentos y le pide a mi abuelo paterno, que nunca había participado de toda esta búsqueda: ‘Por favor, tengo miedo, acompañame a la comisaría’. Finalmente se presentan con los documentos y manifiesta ser mi abuela. Cuenta toda mi historia”. Pero había un problema: no existía vínculo sanguíneo alguno con el pequeño Juan Carlos. Al tiempo que le otorgaron la guarda de la nena, el bebé empezó a deambular por diferentes hospitales de niños. Finalmente consiguieron que también le dieran su guarda. La historia torció el brazo de aquel deseo de Claudia Istueta, la mamá biológica. Su hija sería criada por la familia de sangre, no por sus compañeros. “Nos criamos con esa familia que mi mamá había pedido que no ocurriera”, subraya lo que todo el mundo allí ya ha entendido.

La carátula del expediente en los Tribunales de Lomas de Zamora.
📷 El Diario del Juicio

Reencontrarse con aquella niña

Pasada la hora de su intenso relato, con el mismo tono fluido del comienzo, Selva Varela Istueta, cuenta que fue criada por sus tíos biológicos. La hermana de su mamá y su marido, que también criaron a Juan Carlos, el hijo biológico de Karis y Larrubia. Cuando la jueza Morguese Martín le pregunta por sus apellidos, ella explica que Varela es por su tío e Istueta por su tía. Y describe cómo fue crecer en el seno de esa familia. “En mi experiencia personal ha sido muy complejo, porque siempre me sentí como incómoda… que necesitaba saber, no ha modo de rebeldía, sino a modo de derecho de una cuestión orgánica de sentirse bien con uno mismo y saber quién es, y no sentía que esa vía de acceso estuviera habilitada; muy por el contrario, estaba bastante cuestionada, bastante sancionada. Lo tuve que hacer de forma muy clandestina, teniendo como dos vidas, como si fuera también un victimario, un rol muy complicado para mí de manejar”.
Ubica la reparación por el lado de los compañeros a los que se fue acercando para que la ayudaran a rearmar su historia. “Gracias al amor que me han dado todos los compañeros, la gente que se ha acercado sin conocerme y que ha aceptado mis tiempos y mis procesos, tiempos de alejarme o de acercarme, y siempre han estado incondicionalmente para ayudarme, para hablarme de ellos con mucho amor, que era lo que me faltaba a mí: el relato con amor… siempre fue el relato desde la demonización ideológica, desde el abandono, y la verdad es que en una historia con tanto dolor, con tanta desaparición… es muy difícil poder formarse como un ser humano integral y con amor. Yo venía de alguna forma vinculada a un estilo de vida, a un estilo de trato y a un discurso, que fue abruptamente cortado por las circunstancias de la vida que me tocó vivir, y eso me parece que genera esa sensación de eterna búsqueda, donde uno, como ‘esto está prohibido’, ‘de esto no se puede hablar’, ‘esto lo saco de ahi por puchitos’… esa eterna búsqueda que nunca termina de armar el panorama y es desgastante”.

La intensidad hizo pensar a más de una persona en la sala que el testimonio había durado tres horas, pero apenas si pasó la hora exacta. En los aplausos se soltaron también las angustias contenidas. De aquellas primeras preguntas de la mañana quedaba una sola por responder. Si habría lugar para contenerse físicamente en medio de la paranoia. El abrazo de Selva y Juan Carlos resolvió el interrogante con contundencia. En medio de esa historia, no hay pandemia que pueda imponer distancia, después de tanto dolor, de tanta desaparición. De los deseos incumplidos y la crianza esquivando la verdad. Será por eso que Selva se va mostrando de frente su sonrisa plena. Y el destello de sus dientes blanquísimos en esta sala, es un símbolo de la derrota de la oscuridad del genocidio. Aunque ella siga todavía en esa búsqueda casi eterna que quizá nunca termine.

*Este diario del juicio por la represión a quienes participaron de la Contraofensiva de Montoneros, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardiamedio alternativo, comunitario y popular, junto a comunicadores independientes. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguinos diariamente en https://juiciocontraofensiva.blogspot.com


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Opiniones
  1. Unknown   /   marzo 17, 2020, (7:45 pm)

    Muy conmovida…de Selva, me atrajo su energia, su luz, su trabajo, solo por verla en las marchas, con su gente…Se me ocurrió convocarla para trabajar en la escuela…para dar a nuestras alumnas la oportunidad de hacer esa experiencia de la mano de Selva.. hermosa experiencia..no tenia idea de su historia..Hoy valoro más aun su talento y su trabajo…hacer esa alquimia y transmitir tanta luz habiendo atravesado tanto dolor…

  2. Unknown   /   marzo 24, 2020, (1:38 pm)

    Yo he convivido en La Plata, con Carlos y Nora. Carlos fue mi compañero de habitación durante tres años, en el Colegio Mayor Universitario "Martín Fierro", de la calle 48 y 10. Conocí también a la familia de Nora, en aquel entonces compañera de estudios de Carlos. Visité en una Semana Santa, con unos días de vacaciones universitarias, la casa-hotel de la familia de Carlos, en Miramar. Me despedí de ambos, a primeros de junio de 1975,en La Plata, porque me venía para España, con mi familia. No he vuelto a saber nada de ellos hasta ahora, en que un amigo de aquella época me envía el relato del juicio. Me encantaría contactar con Selva y Juan Carlos.

  3. Martina   /   junio 10, 2020, (8:23 am)

    Compañerxs, primero los felicito, por el trabajo de memoria y reproducir el testimonio, de los/las que fuimos protagonistas de estos hechos. La escritura y el relato son de una belleza inconmensurable. perdón. Porque a pesar del drama hay cierta belleza, en el horror. No encontré fecha de este documento? Quisiera saber, la primera foto de Selva, es con su hrno. Juan Carlos? También quiero saludar a los compañeros Virginia y Carlos Diaz que ayudaron a Selva reconstruir su historia con AMOR. Me encanto lo de la danza Africana. En Francia, conviví con Africanos, mandingas, Zulu… y otras etnias. Fueron en parte mis terapeutas. Después de la Cárcel. Los abrazo a todos con Amor desde Francia

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